Europa, de realidad a esperanza

83. Post del lunes - 07.03.86 - Europa, de realidad a esperanza

Quizás este post resulte demasiado personal. Cuando mi mirada, apenas iniciada la adolescencia, se dirigió hacia «el mundo». En seguida pude percibir algo parecido a la falta de libertad. No era difícil que eso sucediera en 1975 y también en seguida me llegó un eco de que en otros lugares no lejanos, quizás todavía no llamados Europa sino Francia o Inglaterra, esa libertad sí existía. Afortunadamente todo fue deprisa y en nada ya pude gritar «Llibertat, Amnistia i Estatut d’Autonomia» sin que una policiaca porra me lo impidiera, esto es, primero a veces y luego ya no. Y Europa se quedó ahí, convirtiéndose en la foto fija de lo que debíamos llegar a ser, sí: !Teníamos que ser Europa!. La fui conociendo, algo pude viajar, y si a los 17 años la primera ciudad extranjera que uno conoce resulta ser París, quizás pueda quedar disculpado que ya para siempre, se quede eternamente enamorado de ella.

Fui conociendo la tierra de Europa y también su manera de hacer y aunque, tan ignorante como chauvinista, proclamaba que no había nada tan diferente de nosotros (y horrible) que un alemán, un francés o un inglés, o que ¡Dios santo!: un suizo. Ciertamente, tan solo los italianos me resultaron familiares, luego aprendí que eso se debe a que son todavía más romanos que nosotros. Sostenía las diferencias para proclamar, mendaz arrogancia juvenil, la superioridad de nuestra forma de vivir, mediterránea y alegre, mientras no dejaba de anotar que lo que para mí era una reivindicación, en Europa, ahora ya sí con su nombre, era una realidad y que en definitiva todo aquello que podía imaginar, también desde lo radical, allí ya se llevaba haciendo y viviendo desde hacía largo tiempo. Recuerdo vivamente mi pesar al tener que reconocer que incluso los, para mí entonces, innombrables partidos de derechas, resultaban ser partidos meridianamente civilizados que gobernaban, al menos, con un ojo y una mano en pro del «bien común», si bien entonces nadie le daba ese nombre a la «res publica».

Aunque pueda derivarse del sueño desenfrenado de esas familias imperiales que aparecen en los libros de historia, la Europa de las últimas décadas no fue un imperio, de él solo recogió dotarse de una brillante idea imperial: «los europeos, juntos, mejor». Y ese mejor quería decir cosas bien concretas: libertades, educación, sanidad, movilidad social, paz, aumento palpable de la igualdad, en suma, bienestar para muchos, para muy de largo los que son la gran mayoría. Naturalmente tanta luz tiene sus sombras, algunas de muy buen tamaño, pero acertábamos de pleno cuándo decíamos «tenemos que ser Europa», «tenemos que ser de Europa», porque todo eso que queríamos, en Europa no era un sueño, simplemente era una realidad. Una realidad que con esa extensión, no ha podido ser replicada en ningún otro lugar del mundo. Europa era una realidad para muchos europeos y una esperanza para el mundo.

Ahora, en los últimos años, la crisis provocada por el sistema financiero, ha sido tan mal gobernada por la que quizás sea la más desafortunada generación de dirigentes europeos. Tan mal gobernada, que día sí, día también, asistimos a un auténtico «rapto de Europa», desgraciadamente nada mitológico sino más que evidente. Europa está siendo raptada. La incapacidad y el regate permanente en el corto plazo hacen que Europa haya dejado de ser una realidad para volver a ser una esperanza. La magnitud de la tragedia puede hacer que, durante un par de décadas, ya solo nos quede eso, la esperanza del regreso de Europa, y lo que todavía es peor. Si Europa ya no es una realidad ¿Qué esperanza le queda al mundo?.

Marià Moreno

83. Post del lunes – 07.03.16 – Europa, de realidad a esperanza

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