Optimismo: Virtud privada ¿Defecto público?

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De nuevo nos sirve de marco el diccionario de la RAE, que define el optimismo como: «Propensión a ver y juzgar las cosas en su aspecto más favorable«. No resulta arriesgado decir que en nuestra esfera privada, la que tiene que ver con nuestra familia, amigos y trabajo, preferimos estar rodeados de «gente optimista», personas que consideran que las cosas pueden salir bien y que el futuro puede resultar mejor que el presente. Ciertamente, siempre habrá quién prefiera otra cosa, pero cuando afirmamos que una persona o un grupo está dotado de un «saludable optimismo», estamos hablando mucho más de una virtud que un defecto.

Sin embargo, si se nos ocurre manifestarnos como optimistas ante las cuestiones generales, si decimos que el mundo mejorará, o que el futuro resultara eso mismo, mejor. Lo que sucede es que recibimos una mirada conmiserativa que viene a expresar que o bien nos falta información o que podemos poseer una cierta tendencia a delirar, que sería bueno que alguien autorizado observara de cerca.

Ciertamente parece que el mundo no avanza, y la idea general que se impone es que tampoco mejorará, de ahí que mostrarse optimista con respecto a ello, es tildado sin piedad de ingenuidad o de directa necedad. Pero como nada suele ser tan simple como parece, cabe preguntarse a quién conviene que la sensación colectiva se mueva en la frontera, siempre delicada, del realismo y el pesimismo ¿Quién gana y quién pierde con ello? Una cuestión central a las que podemos asociar otras ¿Qué hacen las personas que no confían en el futuro? ¿Cuáles son sus acciones? ¿Aporta alguna explicación al hecho de que subrayar las amenazas parece ofrecer mejores resultados electorales que ensalzar las oportunidades?

Para que las cosas ocurran debe darse la adecuada combinación de elementos que las hacen posibles, para que un «defensor» se imponga es necesario que muchas personas piensen íntimamente que necesitan ser defendidas, y a su vez, para que eso pase dibujar un escenario donde «todo irá a peor» es perfecto. Desde luego, no se trata de ver lo que no está, ni de creer en lo increíble, pero quizás sea bueno revisar que si el optimismo ayuda en la esfera privada de nuestras vidas, quizás pueda ayudar también en la pública.

Este Post se escribe cuando llega la noticia de que Europa, que reconoce abiertamente encontrarse en una «crisis existencial», no encuentra más argumento común que reforzar con timidez la estrategia de defensa y seguridad común.  

Marià Moreno

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