Luz

La llegada de la luz es la condición esencial para poner fin a la oscuridad. Eso es así tanto en el mundo físico relacionado con nuestra percepción sensorial, como en el plano intangible en el que se desarrollan nuestros pensamientos.

La luz permite nuestro acceso a una estancia aportándonos la seguridad de ver donde estamos. De la misma forma que cuando la percibimos presente en nuestro camino, estimula la confianza en nuestros pasos. Por eso cuando sentimos su ausencia, reclamamos que acuda: “necesito luz”; que algo o alguien “me aporte un poco de luz”.

No cabe demasiada discusión acerca de donde debe proceder el foco de luz necesario para activar nuestro nervio óptico. Sin duda debe provenir “de fuera”. Debe “estar fuera”. La luz que debe aclarar nuestros pensamientos ¿También debe “estar fuera”?

Una palabra, una sonrisa, un abrazo, una caricia, son poderosas formas de las que disponemos para intercambiar luz entre nosotros, para que nos ilumine algo que nos llega de fuera. Celebrémoslo y hagámoslo tanto como esté en nuestra mano.

Y al mismo tiempo seamos conscientes de que la única luz que acaba con toda oscuridad, allí donde se encuentre, es la que podemos encender en nuestro interior. Quizás no resulte sencillo hacerlo, e incluso lo hayamos intentado más de una vez sin especial fortuna. Puede que nos consuele pensar que: “si mi fuera está oscuro, es normal que también lo esté mi dentro”. Nada resulta infalible en las cosas humanas. Cada vida y sus experiencias son únicas. Con todo, sí podemos intentar algo. Detenernos un segundo para comprobar que justo ahí, en nuestro interior, disponemos de un interruptor que siempre está dispuesto a ser activado. Tanto que, incluso y para ayudarnos, dispone de una bonita etiqueta: “ama”.

Y a la luz de su luz, cien mil dichas acudieron.

Marià Moreno

158. Post del lunes – 13.11.17 – Luz

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