Lección del muro

24. Lección del muroEn nuestro caminar, tarde o temprano nos encontrarnos en un lugar del que ni siquiera recordamos como ha sido posible nuestra llegada. Pero aquí estamos, es una plaza de arena, fortificada. Nuestra mirada y en 360 grados solo puede contemplar un impotente muro, alto, pétreo, infranqueable. Por la misma causa que ignoramos como hemos llegado a este lugar no podemos retroceder, no hay camino de vuelta.

Temerosos, nos sentamos, y evaluamos nuestras opciones. La primera es permanecer así, inmóviles, tratando de producir el menor desgaste posible, esperando que de alguna manera el muro nos revele una ruta de salida, una vía de escape que ahora no sabemos ver. Podemos permanecer así por un tiempo indefinido sin tener en cuenta que aunque la inacción es previa a la acción, de la inacción misma jamás fluye ningún río.

Nos movilizamos, intentamos escalar el muro, aprovechar los mínimos resquicios que la piedra nos brinda. Lo hacemos, nos elevamos uno, dos, tres metros pero  pronto el alisado de la pared se torna implacable, y carentes de apoyo, volvemos irremediablemente al suelo. La arena amortigua nuestra caída, y lo volvemos a probar, otra vez y otra y otra. Creemos que es una cuestión de pruebas, que si somos capaces de levantarnos una y otra vez, en algún lugar, en algún punto, la piedra cederá y nos ofrecerá los apoyos suficientes para llegar a la cima del muro. No es así.

Exhaustos, retrocedemos, volvemos al centro de la plaza, no podemos quedarnos allí inmóviles de nuevo y tampoco podemos gastar todas nuestras energías en infinitos intentos baldíos ¿Qué nos queda? Pensamos que no nos queda ya ninguna opción. Desesperados, tampoco podemos hacer caso a la peregrina idea que nos dice que podemos saltar el muro, que si nos concentramos lo suficiente y flexionamos con ímpetu nuestras rodillas, generaremos una potencia tal que nos llevará al otro lado ¿Saltar el muro? No, nos decimos que eso no es humano, ni siquiera lo intentamos.

Nos recogerán, no permaneceremos allí por siempre, pero de alguna manera ya no saldremos nunca de esa plaza

Durante nuestra estancia en la arena, creímos haber agotado todas nuestras posibilidades, lo repasamos todo pero olvidamos lo esencial. Olvidamos que la piedra de ese muro está compuesta por átomos, y que en ellos lo que está presente fundamentalmente es el vacío, la nada. En esencia ese muro no es más que un inmenso vacío. Olvidamos también que nosotros somos exactamente igual que esa piedra y que también estamos compuestos de átomos que también no son más que vacío. Olvidamos que nuestra nada puede deslizarse entre la nada del muro con la misma facilidad que lo hace el viento entre las imponentes paredes de las montañas.

Sí, el muro podía ser atravesado, de la misma manera que no existe barrera alguna que no pueda ser franqueada a condición de que quién quiera hacerlo sea consciente de cuál es realmente su condición esencial. No ser nada, que es la única forma de viajar a través de todo, y con ello conocerlo.

Marià Moreno

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *