El Poder

El Post el Lunes - SoloPara cambiar el actuar del poder hay que cambiar las reglas que le permiten dominar. Supone una rareza histórica encontrar un cambio real de la forma y fondo del poder utilizando las reglas propias del poder que se ve relevado. El poder nunca cede ni transa con su esencia, que es ser ejercido.

Considerando al poder como la acción de influir, modificar, obligar e incluso inhibir el actuar del otro, observamos que el poder tiende a sentir un escaso respeto por la voluntad de aquellos sobre quién se ejerce. Esto debe ser así por cuanto sobre todo el poder es una manifestación, una realidad observable. Si el poder no alcanza el resultado que desea, queda en entredicho, incluso ante sí mismo. No debe confundirse todo esto con el desconocimiento de quien ejerce el poder, la acción del poder nunca es invisible por más que pueda serlo quien la ejerza. Sujeto y Acción no son lo mismo.

En tanto que seres sociales, nos organizamos en colectivos que abarcan desde lo más pequeño, la familia, a lo más grande, el Estado. Esos colectivos tienen necesariamente que ejercer poder sobre sus miembros, pero debe ser un poder legítimo. Esta legitimidad puede ser resulta de manera no participativa como lo es a través de la antigüedad (quien llega primero, manda), el mandato divino (a través de una supuesta delegación) o la visión (el caudillo siempre declara ver más y más lejos que los demás).

Arrumbadas para lo colectivo esas posibilidades, surge la necesidad de legitimar el ejercicio del poder de forma participativa, y es aquí donde resuena con fuerza la falta de respeto a la voluntad del teóricamente soberano individuo. La extrema simplificación que se deriva de un voto cerrado cada cierto tiempo y el resto no importa, es el paradigma de los sucesivos cortocircuitos que se superponen entre la expresión de la voluntad individual y el poder. Ciertamente comunidades más evolucionadas generan mejoras, a través de referéndums más fáciles de convocar, que obligan a escuchar a sus ciudadanos. Es un avance, pero en esencia la cuestión es la misma. No importa la voluntad de aquellos sobre los que actúa el poder, lo que importa es que el poder se ejerza, se haga acción, que muestre su vigor y sobre todo su vigencia.

En este marco, el poder se siente seguro, no importa el ruido ambiental e incluso no importa el eventual cambio de quién lo ejerce. El poder es el mismo y de fondo nada cambia. Para cambiar el actuar del poder hay que cambiar las reglas que le permiten dominar. Supone una rareza histórica encontrar un cambio real de la forma y fondo del poder utilizando las reglas propias del poder que se ve relevado. El poder nunca cede ni transa con su esencia, que es ser ejercido.

¿Teme a algo el poder? Rotundamente sí, el poder teme al individuo que rompe las reglas del juego al definir que es posible ejercer el poder de otra forma. Y todavía más al individuo que se declara libre y solo se reconoce a sí mismo como fuente legítima de poder. Este individuo no cede ni tan solo delega su poder porque su emponderamiento personal lo declara como único soberano de su actuar.

Cualquier futuro que deba ser construido debe tener en cuenta que cada vez serán más las personas que se declararán libres y para ellas las teóricamente sacras instituciones como el voto cerrado por tiempo definido, los partidos políticos o el Parlamento, no tendrán nada que ver con su realidad al considerarlos caducos y propios de otros tiempos. En su lugar emergerá el voto abierto y permanente, facilitado por las nuevas tecnologías, las Candidaturas de Prestigio basadas exclusivamente en el liderazgo moral y como consecuencia de ellas las Asambleas Morales, donde cada uno de sus miembros electos será independiente y se deberá exclusivamente a su conciencia en conexión con la de los que le han elegido.

La organización social de una comunidad formada por personas libres atenderá en todo momento a la voluntad de esas personas, y no a ninguna otra. Y con ello, no hay nada que temer, salvo a una cosa, a la libertad de todas las mujeres y de todos los hombres.

Marià Moreno

Nº 29

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