Más Allá del Lunes

«Todo por el pueblo, pero sin el pueblo»

Todo por el pueblo, pero sin el pueblo». Esta es la carta de presentación del «Despotismo Ilustrado». No deja de sonar siniestra. Quienes lo llevaron a término, algunos poderosos reyes europeos de la segunda mitad del siglo XVIII, probablemente no eran especialmente ilustrados ni quizás fueran tan solo cultos, pero si estaban lo suficientemente despiertos como para dejarse impresionar por las ideas de «La Ilustración». Ideas que todavía ejercen una más que notable influencia en nuestra forma occidental de vivir.

Aunque la acabemos conociendo por un lema que tan ajeno y atrasado nos parece, la Ilustración, y con ella el Despotismo Ilustrado, estaba impecablemente dotada de una voluntad de atender al interés general que se extendía incluso a todo el orbe. Su «hombre», era todos los hombres y tratar de alcanzar sus bienestar, la tarea del gobernante. Imaginemos por un momento que fuéramos capaces de someter a un examen a todos los poderosos del planeta, tanto a los públicos, cuyos nombres conocemos bien, como a los ocultos. Serían tan solo dos preguntas: ¿Cuáles son los problemas reales del mundo, de la Humanidad en su conjunto? ¿Cuáles de esos problemas está ayudando a resolver ahora, pongamos en el último año? El suspenso sería tan clamoroso como generalizado. Quizás alcanzarían el aprobado si la pregunta se refiriera a los problemas de la zona del mundo donde actúan. Pero para llegar a las notas más altas, la pregunta debería ser mucho más sencilla: ¿Cuáles son sus problemas? Esos sí los conocen bien, y desde luego no dejan de actuar sobre ellos.

«Todo por el pueblo, pero sin el pueblo». Una afirmación, en pleno siglo XXI, definitivamente reprobable. Sin embargo, no deja de ser una enorme paradoja que aquellas personas que sí conocen los problemas del mundo y apuntan a cómo mejorarlo, no tienen prácticamente poder, mientras las que solo están interesados por sus problemas o los de su rincón del mundo, estas tienen todo el poder. Al menos algunos reyes europeos se dejaron impresionar por unas ideas, hace ya más de dos siglos. Los actuales poderosos no corren ese riesgo, tienen su propia y exclusiva idea: ocuparse de sus asuntos. En ellos el bienestar de las personas no ocupa ningún lugar, salvo quizás las del patio en donde viven. Ignoran que quiere decir la palabra Humanidad (todos los seres humanos) y de la expresión «interés universal», saben muy bien que significa la primera palabra y la segunda les recuerda vagamente a una productora cinematográfica. Lisa y llanamente: el «interés universal» no existe, no está en su agenda ni en su pensamiento. ¿Cómo van a liderar esos «tipos» nada que tenga que ver con solucionar ni uno solo de los problemas de todos los seres humanos? (utilizo «tipos» en directo homenaje a Joan Manel Serrat que así los denomina).

Si quién sabe qué hacer no manda y quién manda no tiene ningún intereses real en nada que no sea su cortijo. Desde luego algo está fallando, y lo está haciendo de manera muy grave.

Es obvio que el mundo ya está necesitando en este momento, una completa y franca colaboración de quién lo gobierna, a plena luz o en la sombra, pero el castizo aserto «no está ni se la espera» define bien en qué estado se encuentra ese entendimiento. El «bien común» es poco más que un espantajo electoral mientras el «interés propio» sigue siendo la única forma legítima de ordenar el actuar humano. Los poderosos no hacen más que aplicarlo en lo que a ellos les concierne. Al cabo, nos dirán, hacen lo mismo que hacen todos los demás.

Marià Moreno

4. MasAllaDelLunes – Todo por el pueblo, pero sin el pueblo – 12.05.19

Cada acto revela su consecuencia

En el mundo occidental parece que hemos encontrado la solución perfecta para definir la realidad: Se lo dejamos a la ciencia. Si «Ella» (con mayúsculas por supuesto) determina que algo es cierto, lo es. Pero eso no es todo, también determina qué es causa y qué es efecto y cuál es la relación entre ellos. De modo que cuando «Ella» afirma que algo es la causa de otro algo que es su efecto, pues así es. Cuando no puede hacerlo pues nos quedamos con la conocida coletilla: «a la espera de que el progreso científico lo permita conocer».

Tenemos tan integrada esta cuestión que quizás nos cueste ver cuánto y cómo desafía al sentido común. Salvo error de mi parte, la ciencia no ha determinado el poder de una mirada, o de un abrazo, pero mirada y abrazo tienen poder, incluso un increíble poder. Puede argumentarse ahora que no le vamos a pedir a la ciencia que se ocupe de todas y cada una de las acciones humanas, que para eso justamente ya está el sentido común. Está bien, dejemos a la ciencia que siga tratando de mejorar nuestra comprensión del mundo, pero si no puede ocuparse de todas nuestras cosas quizás podamos decirle que, al menos de algunas, nos ocupemos nosotros mismos.

Cada acto revela su consecuencia, de la misma forma que la semilla ya es la flor. Simplemente se encuentran en un estadio anterior de lo que será, pese a que deban producirse determinados acontecimientos, nada puede negar el carácter de germen tanto al acto como a la semilla. El germen es una entidad completa, acabada en sí misma, de no serlo no podría prosperar, perdería su identidad, no sería un germen.

Que cada acto revele su consecuencia no implica que cada acto «tenga consecuencias», por la cuestión acabada de apuntar, si no se producen los acontecimientos que facilitan el desarrollo del germen, pese a su carácter completo, no podrá prosperar. Pero no hay que esperar más, si miramos con «ojos humanos» al acto, podemos ver su consecuencia y no haría falta nada más para actuar.

Muchos de los gobernantes actuales, a los que suman no pocos de nuestros rectores económicos, se adhieren con entusiasmo a la negación de las consecuencias que sus actos revelan, al menos hasta que la ciencia lo demuestre, cosa harto improbable porque gobernantes y magnates siempre van a poder contar con «su ciencia».

Cuando se ningunea o matiza el cambio climático, la consecuencia deseada es que nada cambie en una economía que necesita ser depredadora para subsistir, cuando se menosprecia a una mujer, se desea que siga siendo, para siempre, ciudadana de segunda, cuando se firma una proclama racista, se quiere que el racismo y el odio al diferente vuelva a ordenar nuestra vida. Es así, la consecuencia quiere ser tan completa como lo es el germen que la alumbra.

Cada acto revela su consecuencia, nos dice qué desea y ante la avalancha de los que con tanta tesón defienden la vuelta a la oscuridad, sí nos queda algo: nuestro «común sentido», el que hace que también seamos muchos los que intentamos que nuestros actos y sus consecuencias, revelen nuestro deseo de ser humanos desde la mejor expresión de nuestra humanidad.

Marià Moreno

3. MasAllaDelLunes – Cada acto revela su consecuencia – 24.03.19

Tanto bueno esperando

Si alguien abandonara el Planeta Tierra, sin perder por ello su consciencia. Allí donde llegara podría explicar que ha estado a punto de ver grandes cosas.

Narraría entonces que había vivido como una caduca y perversa economía había sido tocada de muerte por una colosal crisis, que iba a llevar a su completa reforma, lo que incluía una absoluta regeneración de un sistema financiero que no estaba al servicio de la sociedad. Pero no era solo en la economía, globalmente, por fin se hacía inminente la necesidad de un nuevo entendimiento entre las naciones para luchar juntas contra la amenaza del cambio climático, y su implacable repercusión sobre el devenir de la humanidad.

También se estaban derribando los muros de la desigualdad porque las mujeres empezaban a entonar, mucho más alto y más fuerte, cánticos de reivindicación que solo podían ser que el preludio de su victoria. En millones de personas se abría paso una consciencia mucho más abierta hacia el otro, a explorar no solo la espiritualidad sino fundamentalmente el real papel del ser humano en su tránsito por la vida. Nunca antes habían sido tantas ni habían estado en tantas partes.

El entusiasmo de la narración contrastaría, entonces, con una cara amable que sin dejar de anotar todo lo que había escuchado, le contestaría: «Entonces tu vienes del planeta del «casi», por lo que me cuentas es un lugar en el que lo bueno «casi» ha llegado, pero todavía está esperando».

Sería una primera respuesta, pero que iniciaba la cuenta de otras similares en las nuevas etapas de su viaje.

De vuelta a casa, nuestro impensable viajero interestelar seguiría manteniendo intacta su ilusión por la inminente llegada de todo lo bueno que se anunciaba. Sin embargo, habría aprendido la enorme distancia que media entre un «será» y un implacable «es».

La imposibilidad de cambiar el sistema económico. La manifiesta incapacidad de las naciones para dejar de lado sus intereses particulares por más que la propia vida en el Planeta este en juego. La férrea resistencia al reconocimiento de la mujer en tantas culturas y pueblos. La enorme dispersión de la marea de seres que quieren cambios fundamentales pero que no saben cómo articular una efectiva propuesta colectiva. En suma, todo eso tan bueno que está esperando pero que no «es» sino que «será», no se encuentra en ese estado de forma casual sino gracias a una esmerada planificación, que incluye la flexibilidad de permitir que pueda pensarse que todo puede ser, justamente para que nada de eso sea.

La sólida instauración de una creencia: la preeminencia radical del interés propio, multiplicada por la magnitud alcanzada (7.300 millones de seres) arroja como resultado la creación de una red que es capaz de encajar las fuerzas que la acometen hasta neutralizarlas, de forma que realmente nada la traspase, nada llegue hasta el otro lado. No es un muro, en una malla, y su clave reside en que ha logrado que cada ser humano acepte formar parte de ella. No importa entonces que los más inquietos quiera rasgar algunos de sus nodos, ellos mismos en otros espacios la están construyendo. Es una red dotada de la capacidad de auto regenerarse indefinidamente.

Tanto bueno seguirá esperando mientras piense que pelea contra un muro que se derriba o se salta, y que además no puede ser infinito. Otra cuestión es intentar ver que se trata de deshacer una red de escala 1:1 compuesta por 7.300 millones de nodos, diseñada para que todo cambie sin que se produzca ningún cambio real.

Marià Moreno

El Blog de Marià Moreno

2. MasAllaDelLunes – Tanto bueno esperando – 10.03.19

El «sacro» interés propio

Sostener que todo cuanto sucede, al menos en economía, puede recibir el nombre de «Juego», puede ser acusado de intento de banalización, dado que esa misma palabra la utilizamos para cuestiones mucho más leves. Sin embargo, la consideración de que es así, nos permite formular aproximaciones que pueden llegar a explicar una parte no menor de la realidad.

La naturaleza del Juego es de tal magnitud que nadie escapa a él. Ha logrado que todas las personas, en todas partes, tomen parte activa. Como en cualquier contienda que se precie, todas van a recibir la etiqueta de ganadora o la de perdedora. La línea central del juego, la que marca la dinámica general no es aleatoria, sino que la impone quién, en cada momento, ostenta la posición de ganador. Lo que obviamente produce que quien se considera perdedor trate de cambiar las tornas, o lo que es lo mismo, de cambiar el rumbo central. No es este el lugar para dirimir la diferencia entre lo económico y lo social, pero baste anotar que con la Declaración Universal de los Derechos Humanos, el número de ganadores fue tan grande como la práctica Humanidad, y el de perdedores podemos considerar que fue inapreciable, pero los hubo. El advenimiento de un sistema económico que incluía lo social en Europa, también produjo un número ingente de ganadores y mucho menor de perdedores, pero los hubo, y quizás fueran los mismos que perdieron antes. La revolución eclesial dictada por el Concilio Vaticano II pudo haber generado un gran número de ganadores, pero esta vez los perdedores supieron reaccionar a tiempo, paralizando la enorme amenaza que suponía contar con una Iglesia Cristiana.

Los perdedores de hace unas cuantas décadas, que siempre han considerado inadmisible la existencia de Derechos Humanos Universales y que también consideran que el Estado no debe servir para otra cosa que para socializar sus pérdidas, y que su tarea no es garantizar nada a nadie.

Una regla básica del Juego es que nada esté garantizado, que absolutamente todo el mundo tenga que levantarse cada mañana para «buscarse la vida». Pero alguien sí puede gozar de amplias garantías. Evidentemente, tenerlas significa que se trata de un ganador.

La línea central del juego marca decididamente la supremacía de los «intereses propios». Y con ello asume y aspira a una extrema individualización. De formar parte de lo obvio, como demuestra la constante negociación para construir Europa, el interés propio ha elevado su posición de forma que ahora es sacro. Basta alzar su bandera para que genere cualquier cosa: El Sr. Trump, el Brexit, la descomposición de la Unión Europea, o en nuestra piel de toro, vender armas a quién sea.

Partiendo desde el plano personal, cuando nos agregamos en cada contexto comunal: familia, barrio, ciudad, región, estado. Esa agrupación contiene una fuerza que la impulsa hacia la individualización, al reclamo de que «su interés» sea satisfecho, a veces a cualquier precio. Esto no es nuevo, quizás incluso sea inherente al propio desarrollo humano. La novedad es la capacidad que han tenido los perdedores para convertirlo en el eje central de todo, de forma que ya son los ganadores, capaces incluso de que se dispare el número de millonarios en medio de uno de los mayores marasmos económicos de la historia.

Cuando un contexto comunal no es capaz de enlazarse nítidamente con otros contextos de nivel superior, el Juego utiliza a fondo esa incapacidad. Si los estados europeos no saben construir una Europa común, quizás sea también porqué sus ciudadanos han decidido que solo les importa su «bendito» país, como si él solo fuera capaz de solucionar realmente sus problemas. Pero, salvo esa devoción por los sacros «intereses propios de su país», no parece que se pongan de acuerdo en demasiadas cosas más.

Una necesidad esencial del progreso, es la voluntad del ser humano de sentirse «parte de algo más grande que él». La inteligencia de los actuales conductores del Juego se pone de relieve, al ofrecer un «algo más grande» limitado y enmarcado como lo están los muros de un cuartel. El resultado es que el conflicto ya no es el paso previo al acuerdo. El conflicto es una batalla, una guerra, que en su más literal expresión quizás solo se está parando por el arsenal militar acumulado.

Hoy, aquí, el nervio de lo que acontece dicta el resurgimiento de lo local, esgrimiendo una falsa posición comunal. Que lo es por qué ignora que también en este mismo instante lo que es realmente común sigue estando en el mismo lugar que siempre ha estado: «ninguna persona será realmente libre hasta que todas no lo sean»; «cada brizna de hierba es el Planeta Tierra entero».

Marià Moreno

1. MasAllaDelLunes – El sacro interés propio – 25.11.18-a