Prohibido hablar en el Metro de Barcelona – Crónicas del Coronavirus (12)

Viernes, 23 de julio, 10 de la noche. Este cronista se retira hacia su casa después de pasear y cenar en torno a la Sagrada Familia. Se alarga hasta el Paseo Sant Joan para tomar el metro de la línea amarilla en la parada de Verdaguer, lo que le evitará la cuesta de llegada al Baix Guinardó, que unos días apetece y otros, no tanto. Sentado en el banco a la espera de la llegada del próximo tren. El altavoz irrumpe en la escena, para proclamar un mensaje pregrabado. Nos recuerda la obligatoriedad de utilizar la mascarilla en el metro y para no dejar nada al azar, enumera las actividades prohibidas: Beber, comer y hablar.

Con seguridad ya debía haber escuchado otras veces este mismo mensaje, pero ahora quizás me llega con mayor claridad, tanta como para que motive la existencia de esta crónica ¿Ha dicho prohibido hablar? Sí, eso es lo que se prohíbe. Cómo si desde el inicio de la pandemia, no nos hubiéramos comunicado oralmente a través de la mascarilla sin mayores inconvenientes. Quizás no sea del todo agradable para algunas personas, pero hablar, hablamos.

Quizás esta crónica debiera acabar aquí, sirviendo únicamente de cumplida reseña de que en el Metro de la Ciudad de Barcelona, se prohíbe hablar. Sin embargo, quizás aparece algún matiz que pueda ser observado.

Si, al hablar, existe riesgo de transmisión a través de la mascarilla ¿Porqué no se prohíbe en los comercios, o en la vía pública, o en general, ¿Porqué no se prohíbe hablar?  y así, de paso, queda cumplido el mayor deseo de tantos y tantos gobernantes que siempre han sentido repulsión por la palabra democracia.

La pandemia ha agotado, largamente, nuestra capacidad de sorpresa y hasta nuestra paciencia. Es posible que eso mueva a algunas personas a la desobediencia, y con ella a cometer un claro error, así la situación no mejora en absoluto, sino que empeora. En el lado opuesto, puede haber llevado también a una resignación que literalmente ya “traga con todo”. Quizás eso no sea un error, sino algo que puede ser, al menos, tan grave: La renuncia a la ciudadanía.

En el metro de Barcelona se prohíbe hablar, ese mensaje suena y resuena incontables veces, cada día, a lo largo de todas sus estaciones. La memoria, siempre gobernada tan solo por sí misma, trae inmediatamente a la mente el inmortal “No hablaré en clase” (Dagoll Dagom – 1977). Respecto a la buena intención del mensaje, eso quedó definido mucho antes: “El infierno está empedrado de buenas intenciones” atribuida a San Bernardo de Claraval (1090-1153).

Marià Moreno

18. MasAllaDelLunes – Cr. Cor. (12) – Prohibido hablar en el Metro de Barcelona – 24.07.21

 

Una cara indecisa – Crónicas del Coronavirus (11)

Llega desde la calle la observación de que el fin de la mascarilla no ha sido tan unánime como quizás se esperara, que la cuestión parece andar, cuando menos, repartida. Cada cara es de quien la posee, pero  si se nos permite la licencia de hacer una síntesis imposible, la consecuencia de ese compendio vendría a ser algo así como la presencia de una cara global indecisa. Una cara que duda. Duda acerca de si mantener su protección o, sin más, manifestarse a los cuatro vientos.

No es tarea de un cronista el emitir juicios, sea bien concedido que sobran los motivos para preservar el rostro cubierto: la inseguridad general que el COVID ha provocado; la propia edad; la edad de los hijos; la de los padres; una vacuna que no acaba de completarse; no tener que andar midiendo metros ni palmos; tener que visitar algún que otro comercio y “para qué ir tirando arriba y abajo del embozo”. Razones  absolutamente respetables, de la primera a la última, como lo son cualquier otras que ahora no se han citado. Motivos y razones que también tienen los que lucen su cara desnuda, y a los que también debe rendirse el debido tributo: Una vacuna ya completa; prescindir de lo que ha sido siempre una molestia; la más seguida idea de lo que en ocasiones parece, respecto a que si la autoridad lo dispone, pues alguna razón tendrá; Un pensamiento, un tanto más subversivo, que repite que del COVID, con suerte, nos hemos enterado de la mitad de la mitad, o sea “que ya era hora”. O la simple y directa: ¿Alguien conoce a alguien a quien la mascarilla le siente bien? “Pues venga, ¡Vamos!, y a otra cosa”.

Un cronista lo es porque pisa la calle. De modo que en la tarde de este domingo, segundo día de autos, ha encaminado sus pasos hacia cuanta cara se le ha cruzado. Primero en su propio barrio, el más que desconocido Baix Guinardò. Un barrio que no existió hasta que Gracia, la Sagrada Familia, el Camp de l’Arpa y hasta el mismísimo Guinardó, no se lo sacudieron de encima. Con la llegada de la democracia a todos les sobraba. Si bien el desprendimiento no olvidó la apropiación de lo único que podía ser el buque insignia de aquellas calles despreciadas:  El conjunto modernista del Hospital de Sant Pau. Con todo, algo había que hacer con aquel conjunto relativamente uniforme de manzanas, y sobre todo con las almas que lo habitaban. La solución fue crear por decreto administrativo el “Baix Guinardò”. Un barrio cuya existencia ignoran 4 de cada 5 barceloneses, y aún parece generoso el grado de conocimiento otorgado. Quede constancia de que se trata de un barrio familiar y de buen vivir, aunque acusa la presencia de las primeras rampas de la montaña que se alza tras él.

Los primeros pasos en el barrio, marcan un sentido empate en cuanto a la observación de lo que se descubre. Aquí y allá surge una faz rampante, y a su lado otra que sigue anónima. Al lado de la misma familia, con carrito y pequeño infante revoloteando, para la que no parece haber llegado el día 26, aparece otra, donde el COVID sí parece ir quedando atrás. Hay mayores prevenidos y otros que deben estar, por lo visto, vacunados y hasta revacunados. Espadas en alto en las primeras notas, pero naturalmente hay que acercarse a Gracia, que como es bien conocido, es “divina”, ella sí.

Pero antes hay que recoger si la convivencia se ve quebrada por extraños giros o súbitas paradas, que mal imitando el arte del mismísimo Messi para sacudirse de encima a jugadores contrarios,  digamos que tratan de evitar un aire indeseado por cercano. No se producen tales movimientos ni lo harán en toda la tarde. En relación con la presencia de ciudadanos armados con cintas métricas, o cualquier otro instrumento análogo de medición o palmeo (esto es, de medir palmos), pues no se esperaba, francamente. Ni rastro de de ellos en el barrio, tampoco fueron avistados después.

La entrada en Gracia, por la impecable calle de la Encarnación, parecía querer ofrecer el mismo resultado, pero pronto la igualdad se desvanece. Estamos en el lugar de las calles ornamentadas cuando aparecen los más severos calores del verano. Tras atravesarlo casi de punta a punta, parece claro que sus habitantes o, al menos las personas que por él pasean, han decidido que definitivamente no hay cristiano al que la mascarilla le aporte más que engorro, eso sí, una vez llegado el día 26. Y ya estamos a 27.

Gran de Gracia es eso, la calle grande de Gracia, aunque palidece ante cualquiera de las del Ensanche, si bien los domingos, la merced municipal la convierte en peatonal. Ahí sí, se convierte, por momentos, en una auténtica avenida de agradable y suave trote, sobre todo en dirección descendiente hacia el Paseo de Gracia. Las notas señalan que ya escasamente serán a lo sumo un tercio o un cuarto los cubiertos, quizás porque la ausencia de tráfico permite guardar todas las distancias habidas y por haber.

Es obvio, hay que alcanzar el Paseo de Gracia, hoy más comercial que señorial, (y rogamos perdón, entre otras, a La Pedrera y a la Casa Batlló). Una avenida antaño plagada de turistas tan denostados un año, como echados en falta al siguiente, demostrando una vez más las paradojas a las que conduce no saber de qué se está hablando.

El Paseo de Gracia origina un descenso realmente notable de adminículos protectores. No cabe alegar una masiva presencia de foráneos inconscientes, dado que como es sabido apenas se están empezando a hacer notar. Pero, al cabo, el Paseo de Gracia quizás ya no sea lo que era. ¿Qué estará pasando en su calle vecina? Que está si conserva señorío y gravosas (o gravosísimas) terrazas. Naturalmente se trata de la Rambla de Catalunya, de siempre poseedora de unos de los metros cuadrados más caros de la ciudad (sino directamente los más). Pues el señorío, demostrando su poder y capricho, opta por lo mismo: claramente escasean las mascarillas.

Se dirá que todavía faltaría atravesar la Plaza Catalunya y adentrarse en las Ramblas, santo y seña de Barcelona hasta que, parece claro, dejó de serlo. Esto último no deja de ser obvio, ¿Cómo va a ser lo mismo sin el Capítol en su cabecera? Era solo un teatro, pero ahí actúo en más que repetidas ocasiones Pepe Rubianes, y quizás con eso, ya queda dicho todo.

Sin pasear por este último trecho, este cronista da por concluido su observador peregrinaje. La escritura de estas palabras le aguardan. Narrar lo percibido es su tarea, pero siendo la ocasión la que es, sea demandada una nueva y última licencia, para celebrar la absoluta convivencia entre los más prevenidos y los más expuestos. Con ello rendir homenaje a la gente que pisa la calle, la de aquí y la de allá, porque es esa gente la que hace las cosas, y es la única que sabe ser constructora de comunidad, de espacios donde los seres humanos, justamente, expresan su humanidad.

Marià Moreno

17. MasAllaDelLunes – Cr. Cor. _11_ – Una cara indecisa – 27.06.21

Lógica Comunitaria – la gran olvidada – Crónicas del Coronavirus (10)

 

La “Lógica Comunitaria” no puede ser más lógica. Literalmente dice que cuando una comunidad se enfrenta a un problema, la solución debe afectar a todos por igual. Esto es, si hay que hacer sacrificios, deben repartirse entre todos, ya que el beneficio de solucionar el problema será para todas las personas de la Comunidad. Si se nos permite la reiteración, es una lógica tan lógica que no admite color ni partido.

Este cronista escucha en Catalunya Radio, que el 20% de la restauración de Girona ha cerrado definitivamente, y que el pequeño comercio sigue la misma línea. Un par de taxistas, le dicen que la reducción de ingresos sobre el año 2019 es del 60% – 70%, o sea que facturan solo el 30 – 40% de lo hecho en aquel año. No sé si algún lector ha estado o conoce a alguien en ERTE. Este cronista sí, a su hijo. Como empleado, su reducción de ingresos ha sido cercana al 50%.

En el otro extremo, la tasa de ahorro en España ha batido todos los récords. En 2020 fue del 14,8%, que es el dato más alto desde que se inició la serie en 1999. En plena pandemia, muchas personas no solo no han sufrido ningún estrago económico, sino que han ahorrado. Son las que trabajan en sectores que no se han visto afectados, como por ejemplo la Alimentación, o trabajan para el Estado en cualquiera de sus múltiples formas. Tampoco se han visto afectadas si son pensionistas.

Resulta evidente que detener la pandemia pertenece a la esfera del “Bien Común”. Todos nos beneficiamos de eso, pero parece evidente que “el gasto” solo lo han pagado unos (en euros), mientras otros también la han sufrido, pero, justamente, no han pagado de forma directa ni un euro por luchar contra ella.

Este cronista trata de entender cómo ha podido darse tan flagrante injusticia, que además solo es denunciada por los que la padecen. Si es que están suficientemente organizados para hacerlo, como lo está la restauración.

Resulta más que evidente que en la pandemia se han cruzado dos lógicas, la “Lógica Sanitaria” y la “Lógica Económica”. Al encontrarse y casi de forma inmediata, estas dos lógicas se han enzarzado en un combate descarado por imponerse. Esto es, han competido, no han colaborado. Es evidente que la moralidad está con la sanitaria, salvar vidas, pero la económica apunta que ella pretende evitar desastres, de todo tipo, en el plano material para las personas afectadas. A partir de aquí no ha habido otra que “tomar partido”. Seguro que muchos responsables gubernamentales han tratado de hacer unos más que difíciles equilibrios. Pero de fondo, ha habido que tomar partido. Sabemos quién ha ganado, la “Lógica Sanitaria”, por tanto, ha perdido la “Lógica Económica”.

Curiosamente estas dos lógicas, incluso la que quiere salvar vidas, no han hecho otra cosa que dejarse llevar por el paradigma social imperante, que no es otro que el de la competición. Quizás en algún lugar concreto, personas también concretas, hayan ensayado una colaboración entre las dos lógicas, pero a simple vista y a gran escala no parece que haya sido así.

Cuando el paradigma es la competición, se compite, la colaboración no lo tiene fácil para aparecer.

En alguna de estas crónicas, se ha señalado que la magnitud de la pandemia es más que colosal. Con todo, la “Lógica Comunitaria” ha sido la gran olvidada ¿Realmente no era posible arbitrar una solución, que hiciera que todos los ciudadanos asumieran su parte en el coste de la lucha contra la pandemia? Se puede afirmar que se ha intentado paliar la situación de los afectados. Es el conocido recurso del subsidio. Dado que el estado no puede evitar una situación, trata de acercar algún remedio, a sabiendas de que esa compensación suele resultar escasa.

Ha faltado cultura realmente orientada al Bien Común. Capaz de intentar que lo que necesariamente tiene que ser duro, lo sea para todos. La cuestión, naturalmente, no es ni el confinamiento ni las medidas adicionales, en ese sentido la superioridad de la Lógica Sanitaria es más que evidente, y hay que seguir su consejo. Pero no se puede llevar a una parte de la población a una situación límite (o más allá), mientras otra parte sale indemne (y hay que volver a repetir que nadie sale indemne del COVID-19, esta crónica no se refiere a la enfermedad, en absoluto).

Quizás hubiera sido posible un diálogo constructivo entre las dos lógicas, mientras que quizás también se hubiera podido implantar un principio central: que las consecuencias sean para todos los ciudadanos. Renunciando a un imposible “por igual”, pero no a que lo fuera, al menos, de forma aproximada.

El Bien Común, afortunadamente va apareciendo en nuestras conversaciones, pero es probable que debamos seguir aprendiendo sobre él. El Bien Común no se basa en el bien de tan solo unos (aunque sean la mayoría). El Bien Común se orienta a todos los miembros de la Comunidad, de lo contrario es evidente que no es eso: común.

Marià Moreno

16. MasAllaDelLunes – Cr. Cor. _10_ – Lógica comunitaria… – 26.04.21

Una visió del temps que pot venir

Publicado en el diario Som Granollers el 08.04.21

És ben probable que la incertesa del futur ens permeti viure. Tot i que sovint es presenta com un mal de cap. Qui voldria viure el que ja està escrit? El temps Post-Covid és un espai tan incert com qualsevol altre ho ha estat abans, però la magnitud del que estem vivint ens convida a pensar que “per força”, ens espera quelcom ben diferent.

El futur no s’enlaira des del “no res”. El futur s’escriu pas a pas, amb el camí que fem ara, en el present. Què tenim ara? El món està fent un pas enrere, no sembla que estigui massa interessant ni en allò universal ni tampoc en la Humanitat. Torna  amb força allò “del meu país i els meus per davant” (Bolsonaro, Trump, Putin, Le Pen, Jhonson, Salvini i alguns més) L’economia seguirà aquesta tendència. Una qüestió positiva pot ser que ja no valdrà tant allò de produir on sigui mentre sigui més barato.

El món s’encongeix, menys mon, més pàtria. L’economia farà el mateix. Ara bé, alguna que altra paradoxa és damunt la taula. Un món més petit tendeix a valorar la proximitat i al mateix temps la proximitat és un requeriment de l’ecologia. Serà la lluita contra el canvi climàtic la que invertirà el moviment actual del món. No cal haver llegit cap revista científica per tenir clar que “ningú es salvarà sol”. Quan, falten uns 20 anys, sigui més que evident que és així. Les “pàtries”  saltaran pels aires, i el món tornarà a estar interessar en allò “d’una sola Humanitat”.

Encara que no serà tan fàcil ni tan directe. Veurem força experiments pel camí, i en aquest sentit resulta força recomanable una revisió de la pel·lícula Elysium. Perquè en això, o variants d’això, és en el que estan pensant alguns rics, molt rics, de la mà de l’idea de que la Terra ja està  perduda, que no val la pena fer res per ella.

Tot plegat, ara i en els propers anys és molt millor noticia dependre de la industria que no pas del turisme. Com el Vallès Oriental. Cal aprofitar per mirar de fer coses ací i ara que potser s’estaven fent fora. La Cambra de Comerç, al 2017, va afirmar que el Vallès Oriental era la comarca més exportadora de Barcelona. Doncs mentre que la ma dreta sap redescobrir mercats propers, la ma esquerra, ben al compàs, por continuar insistint en l’exportació. I les dues juntes, en qualsevol cas, apostar per l’Economia Circular, que no és pas cap moda.

Tot plegat, ara tenim més oportunitats dins de les que hi havia abans, i fora continuen estant. El món, per imperatiu de supervivència, acabarà sent molt més obert i unit del que ara ens podem imaginar. Ho serà “a desgrat de l’etzibada” que deia el mestre Puyal.

Marià Moreno

Soci-Gerent d’Integral

2021 – Una visió del temps que pot venir _ Marià Moreno – somGranollers