Crónicas del Coronavirus

Prohibido hablar en el Metro de Barcelona – Crónicas del Coronavirus (12)

Viernes, 23 de julio, 10 de la noche. Este cronista se retira hacia su casa después de pasear y cenar en torno a la Sagrada Familia. Se alarga hasta el Paseo Sant Joan para tomar el metro de la línea amarilla en la parada de Verdaguer, lo que le evitará la cuesta de llegada al Baix Guinardó, que unos días apetece y otros, no tanto. Sentado en el banco a la espera de la llegada del próximo tren. El altavoz irrumpe en la escena, para proclamar un mensaje pregrabado. Nos recuerda la obligatoriedad de utilizar la mascarilla en el metro y para no dejar nada al azar, enumera las actividades prohibidas: Beber, comer y hablar.

Con seguridad ya debía haber escuchado otras veces este mismo mensaje, pero ahora quizás me llega con mayor claridad, tanta como para que motive la existencia de esta crónica ¿Ha dicho prohibido hablar? Sí, eso es lo que se prohíbe. Cómo si desde el inicio de la pandemia, no nos hubiéramos comunicado oralmente a través de la mascarilla sin mayores inconvenientes. Quizás no sea del todo agradable para algunas personas, pero hablar, hablamos.

Quizás esta crónica debiera acabar aquí, sirviendo únicamente de cumplida reseña de que en el Metro de la Ciudad de Barcelona, se prohíbe hablar. Sin embargo, quizás aparece algún matiz que pueda ser observado.

Si, al hablar, existe riesgo de transmisión a través de la mascarilla ¿Porqué no se prohíbe en los comercios, o en la vía pública, o en general, ¿Porqué no se prohíbe hablar?  y así, de paso, queda cumplido el mayor deseo de tantos y tantos gobernantes que siempre han sentido repulsión por la palabra democracia.

La pandemia ha agotado, largamente, nuestra capacidad de sorpresa y hasta nuestra paciencia. Es posible que eso mueva a algunas personas a la desobediencia, y con ella a cometer un claro error, así la situación no mejora en absoluto, sino que empeora. En el lado opuesto, puede haber llevado también a una resignación que literalmente ya “traga con todo”. Quizás eso no sea un error, sino algo que puede ser, al menos, tan grave: La renuncia a la ciudadanía.

En el metro de Barcelona se prohíbe hablar, ese mensaje suena y resuena incontables veces, cada día, a lo largo de todas sus estaciones. La memoria, siempre gobernada tan solo por sí misma, trae inmediatamente a la mente el inmortal “No hablaré en clase” (Dagoll Dagom – 1977). Respecto a la buena intención del mensaje, eso quedó definido mucho antes: “El infierno está empedrado de buenas intenciones” atribuida a San Bernardo de Claraval (1090-1153).

Marià Moreno

18. MasAllaDelLunes – Cr. Cor. (12) – Prohibido hablar en el Metro de Barcelona – 24.07.21

 

Una cara indecisa – Crónicas del Coronavirus (11)

Llega desde la calle la observación de que el fin de la mascarilla no ha sido tan unánime como quizás se esperara, que la cuestión parece andar, cuando menos, repartida. Cada cara es de quien la posee, pero  si se nos permite la licencia de hacer una síntesis imposible, la consecuencia de ese compendio vendría a ser algo así como la presencia de una cara global indecisa. Una cara que duda. Duda acerca de si mantener su protección o, sin más, manifestarse a los cuatro vientos.

No es tarea de un cronista el emitir juicios, sea bien concedido que sobran los motivos para preservar el rostro cubierto: la inseguridad general que el COVID ha provocado; la propia edad; la edad de los hijos; la de los padres; una vacuna que no acaba de completarse; no tener que andar midiendo metros ni palmos; tener que visitar algún que otro comercio y “para qué ir tirando arriba y abajo del embozo”. Razones  absolutamente respetables, de la primera a la última, como lo son cualquier otras que ahora no se han citado. Motivos y razones que también tienen los que lucen su cara desnuda, y a los que también debe rendirse el debido tributo: Una vacuna ya completa; prescindir de lo que ha sido siempre una molestia; la más seguida idea de lo que en ocasiones parece, respecto a que si la autoridad lo dispone, pues alguna razón tendrá; Un pensamiento, un tanto más subversivo, que repite que del COVID, con suerte, nos hemos enterado de la mitad de la mitad, o sea “que ya era hora”. O la simple y directa: ¿Alguien conoce a alguien a quien la mascarilla le siente bien? “Pues venga, ¡Vamos!, y a otra cosa”.

Un cronista lo es porque pisa la calle. De modo que en la tarde de este domingo, segundo día de autos, ha encaminado sus pasos hacia cuanta cara se le ha cruzado. Primero en su propio barrio, el más que desconocido Baix Guinardò. Un barrio que no existió hasta que Gracia, la Sagrada Familia, el Camp de l’Arpa y hasta el mismísimo Guinardó, no se lo sacudieron de encima. Con la llegada de la democracia a todos les sobraba. Si bien el desprendimiento no olvidó la apropiación de lo único que podía ser el buque insignia de aquellas calles despreciadas:  El conjunto modernista del Hospital de Sant Pau. Con todo, algo había que hacer con aquel conjunto relativamente uniforme de manzanas, y sobre todo con las almas que lo habitaban. La solución fue crear por decreto administrativo el “Baix Guinardò”. Un barrio cuya existencia ignoran 4 de cada 5 barceloneses, y aún parece generoso el grado de conocimiento otorgado. Quede constancia de que se trata de un barrio familiar y de buen vivir, aunque acusa la presencia de las primeras rampas de la montaña que se alza tras él.

Los primeros pasos en el barrio, marcan un sentido empate en cuanto a la observación de lo que se descubre. Aquí y allá surge una faz rampante, y a su lado otra que sigue anónima. Al lado de la misma familia, con carrito y pequeño infante revoloteando, para la que no parece haber llegado el día 26, aparece otra, donde el COVID sí parece ir quedando atrás. Hay mayores prevenidos y otros que deben estar, por lo visto, vacunados y hasta revacunados. Espadas en alto en las primeras notas, pero naturalmente hay que acercarse a Gracia, que como es bien conocido, es “divina”, ella sí.

Pero antes hay que recoger si la convivencia se ve quebrada por extraños giros o súbitas paradas, que mal imitando el arte del mismísimo Messi para sacudirse de encima a jugadores contrarios,  digamos que tratan de evitar un aire indeseado por cercano. No se producen tales movimientos ni lo harán en toda la tarde. En relación con la presencia de ciudadanos armados con cintas métricas, o cualquier otro instrumento análogo de medición o palmeo (esto es, de medir palmos), pues no se esperaba, francamente. Ni rastro de de ellos en el barrio, tampoco fueron avistados después.

La entrada en Gracia, por la impecable calle de la Encarnación, parecía querer ofrecer el mismo resultado, pero pronto la igualdad se desvanece. Estamos en el lugar de las calles ornamentadas cuando aparecen los más severos calores del verano. Tras atravesarlo casi de punta a punta, parece claro que sus habitantes o, al menos las personas que por él pasean, han decidido que definitivamente no hay cristiano al que la mascarilla le aporte más que engorro, eso sí, una vez llegado el día 26. Y ya estamos a 27.

Gran de Gracia es eso, la calle grande de Gracia, aunque palidece ante cualquiera de las del Ensanche, si bien los domingos, la merced municipal la convierte en peatonal. Ahí sí, se convierte, por momentos, en una auténtica avenida de agradable y suave trote, sobre todo en dirección descendiente hacia el Paseo de Gracia. Las notas señalan que ya escasamente serán a lo sumo un tercio o un cuarto los cubiertos, quizás porque la ausencia de tráfico permite guardar todas las distancias habidas y por haber.

Es obvio, hay que alcanzar el Paseo de Gracia, hoy más comercial que señorial, (y rogamos perdón, entre otras, a La Pedrera y a la Casa Batlló). Una avenida antaño plagada de turistas tan denostados un año, como echados en falta al siguiente, demostrando una vez más las paradojas a las que conduce no saber de qué se está hablando.

El Paseo de Gracia origina un descenso realmente notable de adminículos protectores. No cabe alegar una masiva presencia de foráneos inconscientes, dado que como es sabido apenas se están empezando a hacer notar. Pero, al cabo, el Paseo de Gracia quizás ya no sea lo que era. ¿Qué estará pasando en su calle vecina? Que está si conserva señorío y gravosas (o gravosísimas) terrazas. Naturalmente se trata de la Rambla de Catalunya, de siempre poseedora de unos de los metros cuadrados más caros de la ciudad (sino directamente los más). Pues el señorío, demostrando su poder y capricho, opta por lo mismo: claramente escasean las mascarillas.

Se dirá que todavía faltaría atravesar la Plaza Catalunya y adentrarse en las Ramblas, santo y seña de Barcelona hasta que, parece claro, dejó de serlo. Esto último no deja de ser obvio, ¿Cómo va a ser lo mismo sin el Capítol en su cabecera? Era solo un teatro, pero ahí actúo en más que repetidas ocasiones Pepe Rubianes, y quizás con eso, ya queda dicho todo.

Sin pasear por este último trecho, este cronista da por concluido su observador peregrinaje. La escritura de estas palabras le aguardan. Narrar lo percibido es su tarea, pero siendo la ocasión la que es, sea demandada una nueva y última licencia, para celebrar la absoluta convivencia entre los más prevenidos y los más expuestos. Con ello rendir homenaje a la gente que pisa la calle, la de aquí y la de allá, porque es esa gente la que hace las cosas, y es la única que sabe ser constructora de comunidad, de espacios donde los seres humanos, justamente, expresan su humanidad.

Marià Moreno

17. MasAllaDelLunes – Cr. Cor. _11_ – Una cara indecisa – 27.06.21

Lógica Comunitaria – la gran olvidada – Crónicas del Coronavirus (10)

 

La “Lógica Comunitaria” no puede ser más lógica. Literalmente dice que cuando una comunidad se enfrenta a un problema, la solución debe afectar a todos por igual. Esto es, si hay que hacer sacrificios, deben repartirse entre todos, ya que el beneficio de solucionar el problema será para todas las personas de la Comunidad. Si se nos permite la reiteración, es una lógica tan lógica que no admite color ni partido.

Este cronista escucha en Catalunya Radio, que el 20% de la restauración de Girona ha cerrado definitivamente, y que el pequeño comercio sigue la misma línea. Un par de taxistas, le dicen que la reducción de ingresos sobre el año 2019 es del 60% – 70%, o sea que facturan solo el 30 – 40% de lo hecho en aquel año. No sé si algún lector ha estado o conoce a alguien en ERTE. Este cronista sí, a su hijo. Como empleado, su reducción de ingresos ha sido cercana al 50%.

En el otro extremo, la tasa de ahorro en España ha batido todos los récords. En 2020 fue del 14,8%, que es el dato más alto desde que se inició la serie en 1999. En plena pandemia, muchas personas no solo no han sufrido ningún estrago económico, sino que han ahorrado. Son las que trabajan en sectores que no se han visto afectados, como por ejemplo la Alimentación, o trabajan para el Estado en cualquiera de sus múltiples formas. Tampoco se han visto afectadas si son pensionistas.

Resulta evidente que detener la pandemia pertenece a la esfera del “Bien Común”. Todos nos beneficiamos de eso, pero parece evidente que “el gasto” solo lo han pagado unos (en euros), mientras otros también la han sufrido, pero, justamente, no han pagado de forma directa ni un euro por luchar contra ella.

Este cronista trata de entender cómo ha podido darse tan flagrante injusticia, que además solo es denunciada por los que la padecen. Si es que están suficientemente organizados para hacerlo, como lo está la restauración.

Resulta más que evidente que en la pandemia se han cruzado dos lógicas, la “Lógica Sanitaria” y la “Lógica Económica”. Al encontrarse y casi de forma inmediata, estas dos lógicas se han enzarzado en un combate descarado por imponerse. Esto es, han competido, no han colaborado. Es evidente que la moralidad está con la sanitaria, salvar vidas, pero la económica apunta que ella pretende evitar desastres, de todo tipo, en el plano material para las personas afectadas. A partir de aquí no ha habido otra que “tomar partido”. Seguro que muchos responsables gubernamentales han tratado de hacer unos más que difíciles equilibrios. Pero de fondo, ha habido que tomar partido. Sabemos quién ha ganado, la “Lógica Sanitaria”, por tanto, ha perdido la “Lógica Económica”.

Curiosamente estas dos lógicas, incluso la que quiere salvar vidas, no han hecho otra cosa que dejarse llevar por el paradigma social imperante, que no es otro que el de la competición. Quizás en algún lugar concreto, personas también concretas, hayan ensayado una colaboración entre las dos lógicas, pero a simple vista y a gran escala no parece que haya sido así.

Cuando el paradigma es la competición, se compite, la colaboración no lo tiene fácil para aparecer.

En alguna de estas crónicas, se ha señalado que la magnitud de la pandemia es más que colosal. Con todo, la “Lógica Comunitaria” ha sido la gran olvidada ¿Realmente no era posible arbitrar una solución, que hiciera que todos los ciudadanos asumieran su parte en el coste de la lucha contra la pandemia? Se puede afirmar que se ha intentado paliar la situación de los afectados. Es el conocido recurso del subsidio. Dado que el estado no puede evitar una situación, trata de acercar algún remedio, a sabiendas de que esa compensación suele resultar escasa.

Ha faltado cultura realmente orientada al Bien Común. Capaz de intentar que lo que necesariamente tiene que ser duro, lo sea para todos. La cuestión, naturalmente, no es ni el confinamiento ni las medidas adicionales, en ese sentido la superioridad de la Lógica Sanitaria es más que evidente, y hay que seguir su consejo. Pero no se puede llevar a una parte de la población a una situación límite (o más allá), mientras otra parte sale indemne (y hay que volver a repetir que nadie sale indemne del COVID-19, esta crónica no se refiere a la enfermedad, en absoluto).

Quizás hubiera sido posible un diálogo constructivo entre las dos lógicas, mientras que quizás también se hubiera podido implantar un principio central: que las consecuencias sean para todos los ciudadanos. Renunciando a un imposible “por igual”, pero no a que lo fuera, al menos, de forma aproximada.

El Bien Común, afortunadamente va apareciendo en nuestras conversaciones, pero es probable que debamos seguir aprendiendo sobre él. El Bien Común no se basa en el bien de tan solo unos (aunque sean la mayoría). El Bien Común se orienta a todos los miembros de la Comunidad, de lo contrario es evidente que no es eso: común.

Marià Moreno

16. MasAllaDelLunes – Cr. Cor. _10_ – Lógica comunitaria… – 26.04.21

Una sonrisa en la calle ¿Con mascarilla? – Crónicas del Coronavirus (9)

Tanto tiempo ya, y todavía no he acabado de solucionar la relación entre mis gafas y la mascarilla. El resultado es que, a menudo, en la calle se entelan sin remedio. Así ha sucedido una vez más esta mañana, mientras iba a comprar el periódico. Viéndome más o menos solo he optado por la solución más cómoda: me he bajado la mascarilla a fin de airear los cristales. Pero al poco, una mujer se ha cruzado conmigo. Una mujer de unos 40 años y de aspecto normal, que parece que sea una manera de describir algo, cuando en realidad normal no acaba de haber nada. La cuestión es que esa mujer me ha sonreído al pasar a mi lado. Justo un instante.

En seguida he caído en que ella no llevaba mascarilla ¿Habrá sido una sonrisa solidaria? Es cierto que la mía adornaba mi barbilla más que hacer otra cosa. Mi primera reacción ha sido: ¡Subirme la mascarilla!.

Sin duda, ante esta escena, nuestro demonios familiares están invitados a hacer acto de presencia. Para muchas personas esta escena es absolutamente improcedente, casi execrable. Empezando por qué bien podía haber buscado otra manera de desentelar mis lentes. ¿Cómo se puede atrever esa mujer a ir sin mascarilla? ¡Y todavía menos a solidarizarse con otro presunto infractor! Sin embargo, para algunas personas es más parecido a una bonita escena. Una liberación ante la asfixia de unas normas que, para ellas, tienden a generarla.

En mis conversaciones sobre COVID-19 y normas, se da un factor común: las personas no entienden qué ha sucedido, cómo resulta posible que vivamos poco menos que en una película de ciencia – ficción. Esto es, sí comprenden que hay un virus, que se transmite, que causa una enorme y más que terrible cantidad de muertes. Pero se les escapa todo lo que se ha montado alrededor de eso. La clara mayoría optan por la practicidad, quizás no entiendan lo que sucede pero consideran que esas normas pueden acabar con el problema, las cumplen. Una minoría afirma que no entender lo que sucede, les lleva a desafiar esas mismas normas (cuando pueden).

El juez que todos llevamos dentro pugna por aplaudir a unas y castigar a otras. Para este cronista no se trata de eso. Sí quiere dejar anotado, el enorme riesgo que se corre cuando las personas no entienden la realidad que se ven obligados a vivir, sobre todo cuando tienen un marcado, por necesario, sesgo coercitivo.

Algunas voces advierten, quizás tras la desescalada, del peligro de un estallido social. La ignorancia siempre ha sido una yesca inmejorable para que se produzca.

Marià Moreno

14. MasAllaDelLunes – Cr. Cor. _9_ – Una sonrisa en la calle… – 07.03.21

 

En la calle – Crónicas del Coronavirus (8)

Esta tarde he ido al súper, es lo que se tiene que hacer cuando uno vive solo, y cuando lo hace acompañado, también. Tengo mis rituales. Justo enfrente de la puerta del súper, al otro lado de la amplia acera, hay un banco. Si hay suerte y no está ocupado, me siento en él y me fumo un purito. Se trata de una de esas recompensas absurdas que los fumadores tenemos.

Instalado, he desviado mi mirada hacia la izquierda por unos instantes, y al hacerlo, de manera natural, después hacia la derecha, me ha sorprendido la aparición, para mí súbita, de un coche aparcado encima de la acera. Apenas a un metro y medio mío. Eso siempre preludia una corta estancia.

En seguida, del coche salen dos mujeres y un niño. Él es tan pequeño que se tiene de pié y poco más, va más en brazos que otra cosa. Es posible entender que la mujer más mayor (aunque de moderno porte) es la madre de la más joven que a su vez es la madre del infante. Tres generaciones a la vista, algo que siempre es grato de contemplar. Se paran ante el portal de al lado del súper. No tarda nada en aparecer una pareja, de edad, de toda edad ¡Bueno! Ya no son  tres generaciones sino cuatro las que están ante mí. Algo todavía mucho más difícil de ver. El purito se consume pero yo me quedo.

No hay besos, no hay abrazos, apenas un extraño movimiento en torno al codo. No lo habitual, sino algo que quiere ser otra cosa. Queda claro, el encuentro es allí, en la calle. Por alguna razón no pueden subir al piso. Allí están todos, unos frente a otros, parados, sin tocarse. Lo dicen en voz suficientemente alta para que pueda oírlo: parece ser que el pequeñín no reconoce a los abuelos (a los bisabuelos). Intentan bromear sobre eso. Después, la madre, de unos 30 años, se pone a picar de palmas, abuela y bisabuelos le siguen, el niño también. La madre danza alrededor de su hijo que por fin mueve su exiguo esqueleto. Esta es la fiesta que podían tener, y es la que han tenido.

La breve reunión se va a disolver, pero antes el niño se siente atraído por la cercana entrada del súper, hacia allá va con su madre pegado a él. Es el momento que la abuela aprovecha para besar y acariciar, sin recato, a los bisabuelos, es el momento en que una hija besa y acaricia a sus padres. Después de tanta contención, me he emocionado.

¿Seré arrojado a la hoguera por celebrar el triunfo de la humanidad? Porqué esos besos y caricias, tan prohibidos, tan desaconsejados, suponen eso, el triunfo de nuestra humanidad, de la que llevamos cosida a nuestras entrañas. La misma que ahora tenemos que defender, y no precisamente ante un virus.

Si me queman, espero serlo solo en efigie, resulta mucho más llevadero. Pero sea por siempre bendita esa hija que ha besado a sus padres, en la calle, de pié, casi furtivamente, como ha podido.

13. MasAllaDelLunes – Cr. Cor. 8 – En la calle – 26.10.20

Esto no es una novela – Crónicas del Coronavirus (7)

No es extraño que una novela se inicie con un primer párrafo, cuyo objetivo es “ponernos en situación”: “Un virus se extendió por todo el planeta, contagió a millones de personas y mató sin remedio a centenares de miles. La economía se paralizó de una forma impensable, pero lo que cambió nuestra manera de vivir, fue que la fórmula para combatir la plaga se basó primero en el confinamiento en casa y después en lo que se llamó distanciamiento social. En nombre de la alerta sanitaria se refinaron las formas de seguimiento y control de la población, también en su nombre las libertades individuales se convirtieron en algo que tan pronto estaban como podían no estar”.

Sabemos que esto no es una novela. Es lo que, con matices en los diferentes territorios, estamos viviendo. Sin embargo, no hace falta este apunte de realidad. Esto nunca podría ser una novela, a riesgo de caer en graves defectos en la estructura de la historia que se pretende narrar.

En nuestro párrafo, observamos que se omite el origen. En una novela no podría ser así. Una novela respeta la ley de causa y efecto, si no lo hace, su lector irá de desconcierto en desconcierto. Si por ejemplo, en un relato, el efecto fuera un encadenado imparable de desastres naturales, podría mencionarse que la avaricia y la codicia de los más ricos habían llevado el planeta al colapso. El efecto es el desastre y la causa, la avaricia y la codicia. Todo está claro y el lector puede entender que está leyendo.

Asimismo, lo habitual en una introducción así, es que se trate de una narración que alguien hace de los hechos. Ese personaje pertenecerá a lo que comúnmente se denomina “la resistencia”. Sin tensión no hay novela. La resistencia la forman los que entenderemos por “los buenos”. Su existencia se justifica porque es evidente que están pasando cosas graves, ante las que hay que “resistirse”.

La estructura queda definida y completa. Los “malos” han causado el problema y siguen gobernando, y los “buenos” se resisten, aspirando, además, a generar un nuevo y mucho mejor orden mundial. En la novela los “malos” podrían no gobernar a “las claras”, sino más bien desde la sombra.

Se dice, con razón, que la realidad siempre supera a la ficción, pero resulta un tanto sorprendente, que en este caso contenga un incumplimiento elemental de una ley universal. El efecto lo vivimos, lo conocemos sobradamente, pero no hay causa. No la hay mientras se alegue no conocerla. Pero es imposible que no la haya. Ni el mismísimo COVID-19 se puede saltar el funcionamiento del Universo.

La ausencia de resistencia se deriva de manera lógica de esa misma falta de causa. Mientras no se conozca, parece muy difícil señalar a alguien contra quien resistirse. Por el momento, y eso es lo más juicioso, todos tratamos de combatir la enfermedad cumpliendo los mandatos sanitarios.

Quizás un día el COVID-19 sea novelado desde la perspectiva que hemos apuntado, pero para entonces, la narración exige que se solucione la cuestión del origen. Algo que quizás también piden millones de personas atrapadas en un gigantesco efecto, sobre cuya causa no se ha dicho nada que pueda recibir el calificativo de ser expuesto “a ciencia cierta”.

Marià Moreno

12. MasAllaDelLunes – Cr. Cor. (7) – Esto no es una novela – 14.06.20

La inconcebible magnitud – Crónicas del Coronavirus (6)

Esta crónica no es un buen escaparate para las llamadas teorías conspiratorias, a su autor le parecen, muy a menudo, cuentos para adultos sin mayor argumento que el de un ingenuo cuento infantil. Sin embargo, educado en la tradicional racional del pensamiento nacido en Grecia y difundido por Roma, no puede dejar de formularse preguntas ante lo que le rodea y observa. Sobre todo cuando por toda respuesta obtiene una apelación a la casualidad, o es remitido a la azarosa mutación de un ser capaz de matar en masa, al que no parece faltarle inteligencia o incluso astucia (José María Ordovás).

No es cuestión de añadir nuevas páginas al tratado acerca de la existencia del azar, que se empeña en refutar el principio hermético que sustenta la Ley de Causa y Efecto. Tan solo de formular nuestra pregunta: ¿La magnitud de los acontecimientos, de los efectos, puede delatar la existencia de una causa inteligente, o, es una variable independiente que no implica autoría? Esto es, ¿El volumen ni niega ni afirma que el  azar pueda causarlo todo?

La magnitud de lo aportado por el COVID-19, resulta definitivamente inconcebible. Ya es difícil determinar la cuantía de las personas confinadas, diversas fuentes citan entre 3.000 y 4.000 millones, o lo que es lo mismo, un tercio, el 40% o la mitad de la Humanidad. Pero las personas retenidas son tan solo un primer efecto, que tras convertirse en causa, genera una pluralidad de repercusiones que nos llevan directamente al resultado de lo que está suponiendo esta pandemia.

La economía, tan obediente solo de sí misma, se apuntará la primera en el momento de relatar su alcance. Una vez más el PIB, se exhibirá como elemento central que todo lo mide en nuestras sociedades. Se le agregarán las cifras de nuevos parados y el número de empresas cerradas y se sazonará con la caída del volumen del comercio y el turismo. Todo junto servirá para saldar las cuentas del impacto. Nada se dirá de las transacciones financieras, dado que el 99% de ellas son especulativas, han seguido gozando de una salud operativa envidiable.

Pero la economía es tan solo una parte, y sin querer descuidar la falta de escuela o de la exposición a la cultura en vivo ¿Quién se atreve a imaginar el número y la variedad de hilos de vida truncados? Por la misma orden y en el mismo instante, han sido inmolados encuentros, proyectos, diseños, anhelos, esperanzas y hasta amores. ¿Cuántos serán reemprendidos? ¿Cuántas existencias han quedado definitivamente alteradas?.

No es posible imaginarlo, es por tanto, y lo repetimos, ciertamente inconcebible. Cuando la mirada sobre el tronco central del gran río de un estado, observa sus afluentes, y a los que también lo son de ellos, y sigue más y más allá hasta que nos alcanza a nosotros, que no somos más que sus modestos riachuelos. Cuando eso pasa, el calificativo para la magnitud del COVID-19 deviene imposible, porque la palabra “colosal” se inventó para definir algo infinitamente más modesto.

Si la casualidad ha hecho todo esto. Si eso es en lo que debemos convenir ¡Sea! Al cabo si no es así, si tuviera autoría. Lo que seguiría resultaría tan y tan inquietante: ¿Quién es el autor? ¿Qué poder maneja? ¿Con qué fin? Que ciertamente, resulta mejor, mucho mejor, obviarlo.

Marià Moreno

11. MasAllaDelLunes – Cr. Cor. (6) – La inconcebible magnitud – 24.05.20

El Canto de nuestra Especie – Crónicas del Coronavirus (5)

El gran Josep María Espinás escribió una magnifica evidencia: per primavera les dones floreixen (en primavera las mujeres florecen). Es cierto. Ha bastado que los rayos del Sol sostuvieran una mínima presencia. Para que en Barcelona, desde donde estas líneas se escriben. Algunas mujeres nos regalaran, camino del supermercado, una explosión de vida como solo ellas pueden aportar. Este aprendiz de cronista, tiene, con todo, alguna duda respecto a si invocar a un maestro entre maestros, es venia suficiente para introducir la belleza femenina. Como si la Belleza no fuera junto a la Bondad y la Verdad, la triada de valores que ya desde Platón nos orientan hacia el buen vivir.

Tras poner bajo sospecha la glosa de la Belleza, hemos desterrado la Bondad, acusada siempre de buenísimo cuando no directamente de bobería. Nos queda la Verdad. Se hace necesario traer a Joan Manel Serrat y a su impecable aviso: “nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio“.

La Verdad. En este tiempo de verdad maleada, atracada, secuestrada y por supuesto, denostada. ¿Alguien puede hablar desde ella? No, sin un descarado atrevimiento, algo que en una crónica no debe faltar.

Una Verdad sí recorre el planeta entero, atraviesa océanos, escala montañas, desciende a los valles, sigue el curso de los ríos y se detiene ante cada puerta de cada pueblo, de cada comunidad. Esa Verdad es el Canto de nuestra Especie.

Es el Canto que proclama que de esta crisis debemos salir mejores, diferentes, apreciando la vida, construyendo un mundo para todos, rechazando por siempre jamás que todo se convierta en mercancía. Más unidos, más conscientes, más hermanos de una punta a otra del planeta. Más espíritu, menos materia, mucho más “Seres” y por lo mismo más humanos.

El Canto se extiende de norte a sur y de este a oeste, porque no hay otra posible respuesta y ¿Acaso puede haber otra propuesta? Su letra repite sin desmayo lo que nos basta con mirar para que podamos verlo: “Si la amenaza es global, la actuación de nuestra especie también debe ser global“. Sin embargo, anclado en su caduco bastión, el axioma del estado-nación proclama que todo debe seguir siendo local. No le conmueven 200.000 muertos, como no lo harían tampoco 2 millones. Porque para él solo cuentan sus “propios muertos”. Aunque, ¡Oh paradoja! le cueste hasta llevar “la cuenta”.

Nuestra especie existe solo como objeto de clasificación biológica. Es utilizada sin sonrojo para el alegato y mucho, infinitamente menos, para la acción. No conocemos ningún documento que declare a su portador “ciudadano del mundo”. Sujeto de leyes, derechos y obligaciones universales. En lugar de eso se siguen expidiendo cartas de identidad nacionales, que perjuran porque prometen una protección que no está en sus manos. Porque nunca un virus ni tampoco el mal viento han respetado frontera alguna.

Sin embargo, nuestra especie pugna por despertar su conciencia. Esta no es la primera vez que ha roto a cantar. Lo hizo tras el inconmensurable horror de la Segunda Guerra Mundial. Entonces, una mujer, Eleanor Roosevelt, supo escucharlo, acogerlo y convertirse ella misma en la persona decisiva para legar a la Humanidad lo que sigue siendo nuestro primer referente. Nuestro inexcusable horizonte: La Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Nuestra Especie está cantando ¿Lo hace lo suficientemente alto? ¿Lo hace lo bastante claro? ¿Qué mujer va a asumir de nuevo el reto de escucharlo?

Marià Moreno

10. MasAllaDelLunes – Cr. Cor. (5) – El Canto de nuestra Especie – 26.04.20

Cuando salir a la calle es un delito – Crónicas del Coronavirus (4)

Vaya muy por delante la absoluta necesidad de respetar el confinamiento. La firme voluntad de cerrar filas con quien tiene la grave responsabilidad de gobernar una situación tan imposible como inesperada. En este instante, salir a la calle puede ser un delito debidamente sancionado (no entramos en categorías jurídicas). Es un hecho, nos encontramos en un momento (que dura) que puede ser definido, en presente, como: “Cuando salir a la calle es un delito”. Es desde nuestro apoyo a que sea así, que nos permitimos reflexionar.

Salimos a la calle, siempre con un objetivo, con algo concreto que hacer. Ir al supermercado, pero uno tiene la costumbre de vuelta, con el carrito lleno, de sentarse en un banco del cercano parque ¡Qué triste está tan solo! Sin ningún padre ni ninguna madre correteando detrás de una criatura que, aunque tambaleante, no duda en explorar, una y otra vez, cuan infinito puede ser el Universo. Me siento, entonces, pero estoy inquieto ¿Me podrán multar por hacerlo? Tengo la compra como prueba y coartada, pero estar en ese banco, aún en absoluta soledad, quizás sea excesivo. No lo sé. Te llega la noticia de un hijo multado pese a llevarle comida a su madre mayor, aunque luego le fue levantada. Uno mismo ha podido comprobar cómo un mosso d’esquadra le decía, amablemente, a una pareja que los dos no podían ir juntos por la calle. También vivido en primera persona como, amablemente, un guardia urbano me hacía retroceder hacia mi casa, diciéndome que comprar pan no era motivo suficiente para salir de casa. Queremos subrayar, igual que hemos reiterado, la amabilidad de los agentes. Es muy de agradecer ¿Quién se imagina diciéndole a una pareja que no puede caminar unida o a alguien que no puede ir a comprar pan?

Para mi generación ganar la calle fue el símbolo de que sí, de que realmente la democracia moraba entre nosotros. La calle volvía a ser nuestra, tras insufribles años de cautiverio. Antes, tan solo la podíamos raptar entre algaradas y carreras. Las embestidas policiales nos hacían retroceder. Nos retirábamos, siempre lo hacíamos, pero desde la forzada lejanía. Muchos levantábamos un puño en alto. Para proclamar que volveríamos, que con nuestra retirada no iba ninguna renuncia, que solo era una táctica. Que no pensábamos ceder ni un palmo, que esa calle sería nuestra. Lo fue.

Debíamos ganar la calle, era tan evidente como imperativo. La razón era y es más que obvia. Es en la calle donde todos nos encontramos. Donde eso que somos, que se viene en llamar “el pueblo”, se manifiesta. Bienvenidos sean los balcones si en ellos truena en favor de quién más se lo merece. Sean muy bienvenidos, pero solo es en la calle donde realmente nos conocemos, dialogamos, acordamos, crecemos, progresamos.

Con un poco de fortuna es en nuestra casa donde suceden las felices escenas de nuestra niñez, que adornarán nuestra vida. Es en casa donde recibimos la carga fundamental del amor que después sabremos entregar. Es también allí donde se pone la primera piedra de algo tan complejo como será nuestra entera educación. Sí, es en “casa”, pero todo eso no sucede para que se quede en esa misma casa, ni en la que podamos fundar. Que acontezca solo tiene sentido para que salgamos a la calle, para que sea en la calle donde el espectáculo de nuestra existencia transcurra, también donde encontremos el amor y lo que, como él, da sentido a nuestro vivir. Por eso hay que ganar la calle, es imprescindible, porque solo cuando es de todos. Todos estamos realmente vivos.

Nuestra casa es y será siempre nuestro lugar, allí donde siempre querremos volver, capitanes de nuestra propia Odisea. Al cabo, siempre Ulises. Pero solo es en la calle donde realmente podemos ser, por eso una calle vacía, ahora por el confinamiento o como siempre lo está en la apabullante geografía de la España despoblada, es más, mucho más que la ausencia de personas. Es un puro lamento. Es lo que no somos y necesitamos ser.

Marià Moreno

8. MasAllaDelLunes – Cr. Cor. (4) – Salir a la calle – 13.04.20

El futbolín – Cronicas del Coronavirus (3)

Afirmar que el COVID-19 es un virus global es enunciar un hecho. La enorme popularidad del fútbol también lo es, sin duda, ya que puede estar alcanzando a 4.000 millones de personas. Si consideramos el planeta como el terreno de juego donde el equipo del COVID-19 está jugando su partido, vemos que no hay nada de particular en que pueda moverse por todo el campo. Eso es lo que hacen los jugadores de un equipo de fútbol, con la conocida excepción del portero.

Si podemos seguir imaginando, y le ruego al lector que lo haga, el mundo como un inmenso campo de fútbol, tras observar la movilidad del COVID-19, ahora nos falta ver cómo se mueven los jugadores rivales. Son los del equipo de la Humanidad. Está claro, no tardamos nada en percibir que se limitan a recorrer una zona muy concreta del campo: la suya. Aunque están repartidos por todo el terreno de juego y se esfuerzan por jugar la pelota y lanzarla hacia sus compañeros. No salen nunca de su propio territorio.

Llegamos a la tan increíble como cierta conclusión, que el equipo de la Humanidad, pretende ganar el partido contra un equipo global como es el COVID-19, haciendo que sus jugadores se comporten exactamente como lo hacen los de ¡Un futbolín! No se tiene noticia que un equipo así, por más pertrechado y sofisticado que se haya conseguido reunir, haya ganado nunca ningún partido ante otro dotado de plena movilidad. El resultado de los partidos siempre ha sido el mismo. El futbolín ha perdido por una apabullante goleada. Si la Humanidad sigue haciendo jugar así a su equipo y pretende ganar algún encuentro, no se trata de entrenar mejor a sus jugadores, de que estén mejor comunicados o coordinados. Se trata de algo absolutamente obvio: deben poder moverse por todo el campo tal y como lo hacen sus rivales.

El partido contra el COVID-19 se ha perdido, las muertes, el hundimiento económico, lo atestiguan. Solo queda limitar los daños y después, con suerte, reparar. Al mismo tiempo se anuncian nuevos enfrentamientos en las “grandes ligas” que la Humanidad está llamada a jugar. El Cambio Climático, tan global como el COVID-19, ya ha lanzado el reto. La primera respuesta ha sido la misma que con el COVID-19: decirles a los jugadores del futbolín que se esfuercen más, que se entrenen mejor, que colaboren más estrechamente, si les es posible.

Una parte cada vez mayor de la afición se desespera ¿Cómo no se da cuenta la directiva de cuál es el problema real? Toda ella se esfuerza por vitorear a sus jugadores. Sin duda son mucho mejores que sus oponentes. ¿Pero hasta cuándo tendrán que disputar los partidos sin que la Humanidad pueda moverse realmente por todo el campo, imponiendo su autoridad, como hacen sus rivales?.

Sin duda la idea de que cada jugador tu viera su propio territorio, y su propio entrenador, fue buena cuando en el partido solo se planteaban problemas que cada jugador podía resolver desde su propia zona, o junto a alguna vecina. Seguirá siendo así en innumerables ocasiones. Pero no siempre, el fútbol ha  evolucionado mucho. La nueva movilidad de los rivales, su capacidad para actuar en todo el campo, resulta decisiva. La Humanidad debe hacerlo también. La posición del jugador es solo una referencia pero el partido ahora es global, por más que la directiva se niegue a escuchar, rechazando lo evidente.

¿Alguien se atreve a explicarles a los niños y niñas que inundan habitualmente miles de campos de fútbol en todo el mundo, que es mucho mejor jugar con 11 entrenadores y 11 tácticas que con solo una? ¿Qué es mucho mejor que se queden clavados en su propia zona del terreno, que no que puedan correr para apoyar a quién lo necesite? ¿Quién se atreve, entonces, a decirle a la Humanidad que no es necesario que se dote de organismos globales con capacidad y autoridad real para actuar? ¿Quién se atreve a seguir sosteniendo que cuando el partido se juega en el planeta entero, la respuesta debe ser local bajo la exclusiva soberanía de cada jugador?

Marià Moreno

8. MasAllaDelLunes – Cr. Cor. (3) – El futbolín – 05.04.20