Crónicas del Coronavirus

Confinados ¿Con qué fin? – Crónicas del Coronavirus (2)

Los medios nos indican que 3.000 millones de personas se encuentran confinadas, cerca de la mitad de la Humanidad (7.500 millones).

Naturalmente los grados de confinamiento son diversos pero en general podemos afirmar que todas esas personas se encuentran sujetas a una acción

común, con una etiqueta única y concreta: “confinamiento“. Hasta ahora la acción conjunta de una ingente cantidad de personas parecía reservada al seguimiento de las enormes audiencias televisivas, a menudo deportivas, aunque algunas fuentes sitúan históricamente en el primer lugar a los funerales de Michael Jackson y Lady Di. En cualquier caso, es un hecho, se está desarrollando una gigantesca e inesperada acción conjunta por parte de una cifra de personas sin precedentes. Si preguntamos con qué fin se produce. La respuesta es directa: el confinamiento se dicta con el fin de evitar la interacción social que es el medio de contagio del Coronavirus.

Para muchas personas ahí se acaba la cuestión. Sin embargo, la magnitud de lo que ocurre, sus casi infinitas ramificaciones, están invitando a otras personas a considerar que la cuestión, justamente, empieza ahí.

Probablemente podemos afirmar que escapa al intelecto humano la plena comprensión de un fenómeno como el que vivimos. Demasiado vasto, sin embargo, al menos, podemos anotar algo de lo que alcanzamos a ver. Casi la mitad de la humanidad hace algo realmente parecido a la vez. Añadimos que se nos dice que la comunidad científica ha alcanzado, en su lucha contra el virus, una unidad de acción planetaria desconocida hasta el momento. El diario El País publica una entrevista con el filósofo y jurista italiano Luigi Ferrajoli, que está impulsando la instauración de una “Constitución de la Tierra“, que instituya una esfera pública internacional a la altura de los desafíos globales y, en particular, funciones e instituciones supranacionales de garantía de los derechos humanos y de la paz. Al mismo tiempo vemos como los gobiernos piensan y actúan local, pero no global. Incapaces de ponerse de acuerdo incluso en un terreno tan abonado como parece ser la Unión Europea. Incapaces de superar la oscura sombra de su propia estampa.

Cuando todo haya pasado. Cuando volvamos a la normalidad ¿Qué demostrará haber sobrado en esta crisis? ¿La humanidad haciendo algo a la vez? ¿La comunidad científica unida globalmente? ¿La “Constitución de la Tierra” y su evidente necesidad? ¿Los gobiernos que demuestran su firme y obstinada creencia de que, pase lo que pase, el centro del mundo es su propio ombligo?

Es tiempo de cerrar filas, de disciplinado acatamiento. Por supuesto. Pero quizás podamos ser muchos los que observemos y desde nuestras propias conclusiones, empecemos a considerar, sin fantasías, qué debe suceder en el fin del confinamiento. Cómo vamos a poder saludar lo nuevo que nos trae la situación y enviar definitivamente al cajón de la historia lo que demuestra su obsolescencia, lo que ya, como Humanidad, no nos sirve.

Marià Moreno

7. MasAllaDelLunes – Cr. Cor. _2_ – Confinados – Con qué fin – 28.03.20

Cronicas del Coronavirus (1)

Ni ocell, ni cant
només un caminant
 
(ni pájaro, ni canto, solo un caminante)
 
Detrás de toda crisis se encuentra la esperanza de que cuando se resuelva, salgamos de ella mejores, más dignos, resueltos a cambiar cuanto debe ser cambiado. La devastación de la Gran Guerra unida al espanto ante el horror nazi, permitieron alumbrar la Declaración Universal de los Derechos Humanos, hasta hoy, el mejor regalo que la Humanidad ha sabido darse a sí misma.
 
Esa esperanza es hija del sentido que nuestra especie necesita para andar sus días, por paradójicamente desesperados que estén siendo. Podemos soportarlo todo, pero para ello el futuro debe ser mejor. Si no vamos a ser capaces de construir algo más bello, más noble: ¿Qué sentido tiene lo que estamos pasando?
 
El empeño de la nueva construcción va de la mano de la intensidad con la que grabemos lo que estamos viviendo. El instinto de supervivencia es tan primario y poderoso, su mandato es tan directo e intenso que anula cualquier otra razón que no sea la que enérgicamente impone, y por lo mismo también lo hace con la emoción. No se puede dialogar con él.
 
Sin embargo quizás sí nos sea posible anotar algo: Un destello. ¿Qué sentimos cuando no podemos acercarnos al mostrador? ¿Cuándo nos apartamos en una cola ante cualquier presencia humana? ¿Cuándo en definitiva, parece que cualquiera nos pueda poner en riesgo?
 
¿Qué sentimos cuando el otro es una amenaza?
 
Si en nosotros puede al menos tintinear un ligero eco de lamento o de tristeza. Si entendemos que la imposibilidad de un abrazo nos deja, inertes, varados en la playa desierta de una unidad superviviente hoy, pero que no puede tener sentido mañana.
 
Nos separamos, nos aislamos, nos confinamos y quizás al hacerlo podamos intuir, siquiera levemente, cuánto necesitamos ser y estar con ese mismo otro al que ahora alejamos. Cuánto necesitamos vivir con y para los demás.
 
Quizás podamos darle sentido a tanta ausencia y cuando podamos volver a darnos la mano, abrazarnos y besarnos. Nos propongamos crear un mundo para nosotros mismos y para todos esos otros, conocidos y desconocidos, a los que, casi sin poder sentirlo, tanto estamos añorando.
 
Marià Moreno