Más Allá del Lunes

Esto no es una novela – Crónicas del Coronavirus (7)

No es extraño que una novela se inicie con un primer párrafo, cuyo objetivo es “ponernos en situación”: “Un virus se extendió por todo el planeta, contagió a millones de personas y mató sin remedio a centenares de miles. La economía se paralizó de una forma impensable, pero lo que cambió nuestra manera de vivir, fue que la fórmula para combatir la plaga se basó primero en el confinamiento en casa y después en lo que se llamó distanciamiento social. En nombre de la alerta sanitaria se refinaron las formas de seguimiento y control de la población, también en su nombre las libertades individuales se convirtieron en algo que tan pronto estaban como podían no estar”.

Sabemos que esto no es una novela. Es lo que, con matices en los diferentes territorios, estamos viviendo. Sin embargo, no hace falta este apunte de realidad. Esto nunca podría ser una novela, a riesgo de caer en graves defectos en la estructura de la historia que se pretende narrar.

En nuestro párrafo, observamos que se omite el origen. En una novela no podría ser así. Una novela respeta la ley de causa y efecto, si no lo hace, su lector irá de desconcierto en desconcierto. Si por ejemplo, en un relato, el efecto fuera un encadenado imparable de desastres naturales, podría mencionarse que la avaricia y la codicia de los más ricos habían llevado el planeta al colapso. El efecto es el desastre y la causa, la avaricia y la codicia. Todo está claro y el lector puede entender que está leyendo.

Asimismo, lo habitual en una introducción así, es que se trate de una narración que alguien hace de los hechos. Ese personaje pertenecerá a lo que comúnmente se denomina “la resistencia”. Sin tensión no hay novela. La resistencia la forman los que entenderemos por “los buenos”. Su existencia se justifica porque es evidente que están pasando cosas graves, ante las que hay que “resistirse”.

La estructura queda definida y completa. Los “malos” han causado el problema y siguen gobernando, y los “buenos” se resisten, aspirando, además, a generar un nuevo y mucho mejor orden mundial. En la novela los “malos” podrían no gobernar a “las claras”, sino más bien desde la sombra.

Se dice, con razón, que la realidad siempre supera a la ficción, pero resulta un tanto sorprendente, que en este caso contenga un incumplimiento elemental de una ley universal. El efecto lo vivimos, lo conocemos sobradamente, pero no hay causa. No la hay mientras se alegue no conocerla. Pero es imposible que no la haya. Ni el mismísimo COVID-19 se puede saltar el funcionamiento del Universo.

La ausencia de resistencia se deriva de manera lógica de esa misma falta de causa. Mientras no se conozca, parece muy difícil señalar a alguien contra quien resistirse. Por el momento, y eso es lo más juicioso, todos tratamos de combatir la enfermedad cumpliendo los mandatos sanitarios.

Quizás un día el COVID-19 sea novelado desde la perspectiva que hemos apuntado, pero para entonces, la narración exige que se solucione la cuestión del origen. Algo que quizás también piden millones de personas atrapadas en un gigantesco efecto, sobre cuya causa no se ha dicho nada que pueda recibir el calificativo de ser expuesto “a ciencia cierta”.

Marià Moreno

12. MasAllaDelLunes – Cr. Cor. (7) – Esto no es una novela – 14.06.20

La inconcebible magnitud – Crónicas del Coronavirus (6)

Esta crónica no es un buen escaparate para las llamadas teorías conspiratorias, a su autor le parecen, muy a menudo, cuentos para adultos sin mayor argumento que el de un ingenuo cuento infantil. Sin embargo, educado en la tradicional racional del pensamiento nacido en Grecia y difundido por Roma, no puede dejar de formularse preguntas ante lo que le rodea y observa. Sobre todo cuando por toda respuesta obtiene una apelación a la casualidad, o es remitido a la azarosa mutación de un ser capaz de matar en masa, al que no parece faltarle inteligencia o incluso astucia (José María Ordovás).

No es cuestión de añadir nuevas páginas al tratado acerca de la existencia del azar, que se empeña en refutar el principio hermético que sustenta la Ley de Causa y Efecto. Tan solo de formular nuestra pregunta: ¿La magnitud de los acontecimientos, de los efectos, puede delatar la existencia de una causa inteligente, o, es una variable independiente que no implica autoría? Esto es, ¿El volumen ni niega ni afirma que el  azar pueda causarlo todo?

La magnitud de lo aportado por el COVID-19, resulta definitivamente inconcebible. Ya es difícil determinar la cuantía de las personas confinadas, diversas fuentes citan entre 3.000 y 4.000 millones, o lo que es lo mismo, un tercio, el 40% o la mitad de la Humanidad. Pero las personas retenidas son tan solo un primer efecto, que tras convertirse en causa, genera una pluralidad de repercusiones que nos llevan directamente al resultado de lo que está suponiendo esta pandemia.

La economía, tan obediente solo de sí misma, se apuntará la primera en el momento de relatar su alcance. Una vez más el PIB, se exhibirá como elemento central que todo lo mide en nuestras sociedades. Se le agregarán las cifras de nuevos parados y el número de empresas cerradas y se sazonará con la caída del volumen del comercio y el turismo. Todo junto servirá para saldar las cuentas del impacto. Nada se dirá de las transacciones financieras, dado que el 99% de ellas son especulativas, han seguido gozando de una salud operativa envidiable.

Pero la economía es tan solo una parte, y sin querer descuidar la falta de escuela o de la exposición a la cultura en vivo ¿Quién se atreve a imaginar el número y la variedad de hilos de vida truncados? Por la misma orden y en el mismo instante, han sido inmolados encuentros, proyectos, diseños, anhelos, esperanzas y hasta amores. ¿Cuántos serán reemprendidos? ¿Cuántas existencias han quedado definitivamente alteradas?.

No es posible imaginarlo, es por tanto, y lo repetimos, ciertamente inconcebible. Cuando la mirada sobre el tronco central del gran río de un estado, observa sus afluentes, y a los que también lo son de ellos, y sigue más y más allá hasta que nos alcanza a nosotros, que no somos más que sus modestos riachuelos. Cuando eso pasa, el calificativo para la magnitud del COVID-19 deviene imposible, porque la palabra “colosal” se inventó para definir algo infinitamente más modesto.

Si la casualidad ha hecho todo esto. Si eso es en lo que debemos convenir ¡Sea! Al cabo si no es así, si tuviera autoría. Lo que seguiría resultaría tan y tan inquietante: ¿Quién es el autor? ¿Qué poder maneja? ¿Con qué fin? Que ciertamente, resulta mejor, mucho mejor, obviarlo.

Marià Moreno

11. MasAllaDelLunes – Cr. Cor. (6) – La inconcebible magnitud – 24.05.20

El Canto de nuestra Especie – Crónicas del Coronavirus (5)

El gran Josep María Espinás escribió una magnifica evidencia: per primavera les dones floreixen (en primavera las mujeres florecen). Es cierto. Ha bastado que los rayos del Sol sostuvieran una mínima presencia. Para que en Barcelona, desde donde estas líneas se escriben. Algunas mujeres nos regalaran, camino del supermercado, una explosión de vida como solo ellas pueden aportar. Este aprendiz de cronista, tiene, con todo, alguna duda respecto a si invocar a un maestro entre maestros, es venia suficiente para introducir la belleza femenina. Como si la Belleza no fuera junto a la Bondad y la Verdad, la triada de valores que ya desde Platón nos orientan hacia el buen vivir.

Tras poner bajo sospecha la glosa de la Belleza, hemos desterrado la Bondad, acusada siempre de buenísimo cuando no directamente de bobería. Nos queda la Verdad. Se hace necesario traer a Joan Manel Serrat y a su impecable aviso: “nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio“.

La Verdad. En este tiempo de verdad maleada, atracada, secuestrada y por supuesto, denostada. ¿Alguien puede hablar desde ella? No, sin un descarado atrevimiento, algo que en una crónica no debe faltar.

Una Verdad sí recorre el planeta entero, atraviesa océanos, escala montañas, desciende a los valles, sigue el curso de los ríos y se detiene ante cada puerta de cada pueblo, de cada comunidad. Esa Verdad es el Canto de nuestra Especie.

Es el Canto que proclama que de esta crisis debemos salir mejores, diferentes, apreciando la vida, construyendo un mundo para todos, rechazando por siempre jamás que todo se convierta en mercancía. Más unidos, más conscientes, más hermanos de una punta a otra del planeta. Más espíritu, menos materia, mucho más “Seres” y por lo mismo más humanos.

El Canto se extiende de norte a sur y de este a oeste, porque no hay otra posible respuesta y ¿Acaso puede haber otra propuesta? Su letra repite sin desmayo lo que nos basta con mirar para que podamos verlo: “Si la amenaza es global, la actuación de nuestra especie también debe ser global“. Sin embargo, anclado en su caduco bastión, el axioma del estado-nación proclama que todo debe seguir siendo local. No le conmueven 200.000 muertos, como no lo harían tampoco 2 millones. Porque para él solo cuentan sus “propios muertos”. Aunque, ¡Oh paradoja! le cueste hasta llevar “la cuenta”.

Nuestra especie existe solo como objeto de clasificación biológica. Es utilizada sin sonrojo para el alegato y mucho, infinitamente menos, para la acción. No conocemos ningún documento que declare a su portador “ciudadano del mundo”. Sujeto de leyes, derechos y obligaciones universales. En lugar de eso se siguen expidiendo cartas de identidad nacionales, que perjuran porque prometen una protección que no está en sus manos. Porque nunca un virus ni tampoco el mal viento han respetado frontera alguna.

Sin embargo, nuestra especie pugna por despertar su conciencia. Esta no es la primera vez que ha roto a cantar. Lo hizo tras el inconmensurable horror de la Segunda Guerra Mundial. Entonces, una mujer, Eleanor Roosevelt, supo escucharlo, acogerlo y convertirse ella misma en la persona decisiva para legar a la Humanidad lo que sigue siendo nuestro primer referente. Nuestro inexcusable horizonte: La Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Nuestra Especie está cantando ¿Lo hace lo suficientemente alto? ¿Lo hace lo bastante claro? ¿Qué mujer va a asumir de nuevo el reto de escucharlo?

Marià Moreno

10. MasAllaDelLunes – Cr. Cor. (5) – El Canto de nuestra Especie – 26.04.20

Cuando salir a la calle es un delito – Crónicas del Coronavirus (4)

Vaya muy por delante la absoluta necesidad de respetar el confinamiento. La firme voluntad de cerrar filas con quien tiene la grave responsabilidad de gobernar una situación tan imposible como inesperada. En este instante, salir a la calle puede ser un delito debidamente sancionado (no entramos en categorías jurídicas). Es un hecho, nos encontramos en un momento (que dura) que puede ser definido, en presente, como: “Cuando salir a la calle es un delito”. Es desde nuestro apoyo a que sea así, que nos permitimos reflexionar.

Salimos a la calle, siempre con un objetivo, con algo concreto que hacer. Ir al supermercado, pero uno tiene la costumbre de vuelta, con el carrito lleno, de sentarse en un banco del cercano parque ¡Qué triste está tan solo! Sin ningún padre ni ninguna madre correteando detrás de una criatura que, aunque tambaleante, no duda en explorar, una y otra vez, cuan infinito puede ser el Universo. Me siento, entonces, pero estoy inquieto ¿Me podrán multar por hacerlo? Tengo la compra como prueba y coartada, pero estar en ese banco, aún en absoluta soledad, quizás sea excesivo. No lo sé. Te llega la noticia de un hijo multado pese a llevarle comida a su madre mayor, aunque luego le fue levantada. Uno mismo ha podido comprobar cómo un mosso d’esquadra le decía, amablemente, a una pareja que los dos no podían ir juntos por la calle. También vivido en primera persona como, amablemente, un guardia urbano me hacía retroceder hacia mi casa, diciéndome que comprar pan no era motivo suficiente para salir de casa. Queremos subrayar, igual que hemos reiterado, la amabilidad de los agentes. Es muy de agradecer ¿Quién se imagina diciéndole a una pareja que no puede caminar unida o a alguien que no puede ir a comprar pan?

Para mi generación ganar la calle fue el símbolo de que sí, de que realmente la democracia moraba entre nosotros. La calle volvía a ser nuestra, tras insufribles años de cautiverio. Antes, tan solo la podíamos raptar entre algaradas y carreras. Las embestidas policiales nos hacían retroceder. Nos retirábamos, siempre lo hacíamos, pero desde la forzada lejanía. Muchos levantábamos un puño en alto. Para proclamar que volveríamos, que con nuestra retirada no iba ninguna renuncia, que solo era una táctica. Que no pensábamos ceder ni un palmo, que esa calle sería nuestra. Lo fue.

Debíamos ganar la calle, era tan evidente como imperativo. La razón era y es más que obvia. Es en la calle donde todos nos encontramos. Donde eso que somos, que se viene en llamar “el pueblo”, se manifiesta. Bienvenidos sean los balcones si en ellos truena en favor de quién más se lo merece. Sean muy bienvenidos, pero solo es en la calle donde realmente nos conocemos, dialogamos, acordamos, crecemos, progresamos.

Con un poco de fortuna es en nuestra casa donde suceden las felices escenas de nuestra niñez, que adornarán nuestra vida. Es en casa donde recibimos la carga fundamental del amor que después sabremos entregar. Es también allí donde se pone la primera piedra de algo tan complejo como será nuestra entera educación. Sí, es en “casa”, pero todo eso no sucede para que se quede en esa misma casa, ni en la que podamos fundar. Que acontezca solo tiene sentido para que salgamos a la calle, para que sea en la calle donde el espectáculo de nuestra existencia transcurra, también donde encontremos el amor y lo que, como él, da sentido a nuestro vivir. Por eso hay que ganar la calle, es imprescindible, porque solo cuando es de todos. Todos estamos realmente vivos.

Nuestra casa es y será siempre nuestro lugar, allí donde siempre querremos volver, capitanes de nuestra propia Odisea. Al cabo, siempre Ulises. Pero solo es en la calle donde realmente podemos ser, por eso una calle vacía, ahora por el confinamiento o como siempre lo está en la apabullante geografía de la España despoblada, es más, mucho más que la ausencia de personas. Es un puro lamento. Es lo que no somos y necesitamos ser.

Marià Moreno

8. MasAllaDelLunes – Cr. Cor. (4) – Salir a la calle – 13.04.20

El futbolín – Cronicas del Coronavirus (3)

Afirmar que el COVID-19 es un virus global es enunciar un hecho. La enorme popularidad del fútbol también lo es, sin duda, ya que puede estar alcanzando a 4.000 millones de personas. Si consideramos el planeta como el terreno de juego donde el equipo del COVID-19 está jugando su partido, vemos que no hay nada de particular en que pueda moverse por todo el campo. Eso es lo que hacen los jugadores de un equipo de fútbol, con la conocida excepción del portero.

Si podemos seguir imaginando, y le ruego al lector que lo haga, el mundo como un inmenso campo de fútbol, tras observar la movilidad del COVID-19, ahora nos falta ver cómo se mueven los jugadores rivales. Son los del equipo de la Humanidad. Está claro, no tardamos nada en percibir que se limitan a recorrer una zona muy concreta del campo: la suya. Aunque están repartidos por todo el terreno de juego y se esfuerzan por jugar la pelota y lanzarla hacia sus compañeros. No salen nunca de su propio territorio.

Llegamos a la tan increíble como cierta conclusión, que el equipo de la Humanidad, pretende ganar el partido contra un equipo global como es el COVID-19, haciendo que sus jugadores se comporten exactamente como lo hacen los de ¡Un futbolín! No se tiene noticia que un equipo así, por más pertrechado y sofisticado que se haya conseguido reunir, haya ganado nunca ningún partido ante otro dotado de plena movilidad. El resultado de los partidos siempre ha sido el mismo. El futbolín ha perdido por una apabullante goleada. Si la Humanidad sigue haciendo jugar así a su equipo y pretende ganar algún encuentro, no se trata de entrenar mejor a sus jugadores, de que estén mejor comunicados o coordinados. Se trata de algo absolutamente obvio: deben poder moverse por todo el campo tal y como lo hacen sus rivales.

El partido contra el COVID-19 se ha perdido, las muertes, el hundimiento económico, lo atestiguan. Solo queda limitar los daños y después, con suerte, reparar. Al mismo tiempo se anuncian nuevos enfrentamientos en las “grandes ligas” que la Humanidad está llamada a jugar. El Cambio Climático, tan global como el COVID-19, ya ha lanzado el reto. La primera respuesta ha sido la misma que con el COVID-19: decirles a los jugadores del futbolín que se esfuercen más, que se entrenen mejor, que colaboren más estrechamente, si les es posible.

Una parte cada vez mayor de la afición se desespera ¿Cómo no se da cuenta la directiva de cuál es el problema real? Toda ella se esfuerza por vitorear a sus jugadores. Sin duda son mucho mejores que sus oponentes. ¿Pero hasta cuándo tendrán que disputar los partidos sin que la Humanidad pueda moverse realmente por todo el campo, imponiendo su autoridad, como hacen sus rivales?.

Sin duda la idea de que cada jugador tu viera su propio territorio, y su propio entrenador, fue buena cuando en el partido solo se planteaban problemas que cada jugador podía resolver desde su propia zona, o junto a alguna vecina. Seguirá siendo así en innumerables ocasiones. Pero no siempre, el fútbol ha  evolucionado mucho. La nueva movilidad de los rivales, su capacidad para actuar en todo el campo, resulta decisiva. La Humanidad debe hacerlo también. La posición del jugador es solo una referencia pero el partido ahora es global, por más que la directiva se niegue a escuchar, rechazando lo evidente.

¿Alguien se atreve a explicarles a los niños y niñas que inundan habitualmente miles de campos de fútbol en todo el mundo, que es mucho mejor jugar con 11 entrenadores y 11 tácticas que con solo una? ¿Qué es mucho mejor que se queden clavados en su propia zona del terreno, que no que puedan correr para apoyar a quién lo necesite? ¿Quién se atreve, entonces, a decirle a la Humanidad que no es necesario que se dote de organismos globales con capacidad y autoridad real para actuar? ¿Quién se atreve a seguir sosteniendo que cuando el partido se juega en el planeta entero, la respuesta debe ser local bajo la exclusiva soberanía de cada jugador?

Marià Moreno

8. MasAllaDelLunes – Cr. Cor. (3) – El futbolín – 05.04.20

Confinados ¿Con qué fin? – Crónicas del Coronavirus (2)

Los medios nos indican que 3.000 millones de personas se encuentran confinadas, cerca de la mitad de la Humanidad (7.500 millones).

Naturalmente los grados de confinamiento son diversos pero en general podemos afirmar que todas esas personas se encuentran sujetas a una acción

común, con una etiqueta única y concreta: “confinamiento“. Hasta ahora la acción conjunta de una ingente cantidad de personas parecía reservada al seguimiento de las enormes audiencias televisivas, a menudo deportivas, aunque algunas fuentes sitúan históricamente en el primer lugar a los funerales de Michael Jackson y Lady Di. En cualquier caso, es un hecho, se está desarrollando una gigantesca e inesperada acción conjunta por parte de una cifra de personas sin precedentes. Si preguntamos con qué fin se produce. La respuesta es directa: el confinamiento se dicta con el fin de evitar la interacción social que es el medio de contagio del Coronavirus.

Para muchas personas ahí se acaba la cuestión. Sin embargo, la magnitud de lo que ocurre, sus casi infinitas ramificaciones, están invitando a otras personas a considerar que la cuestión, justamente, empieza ahí.

Probablemente podemos afirmar que escapa al intelecto humano la plena comprensión de un fenómeno como el que vivimos. Demasiado vasto, sin embargo, al menos, podemos anotar algo de lo que alcanzamos a ver. Casi la mitad de la humanidad hace algo realmente parecido a la vez. Añadimos que se nos dice que la comunidad científica ha alcanzado, en su lucha contra el virus, una unidad de acción planetaria desconocida hasta el momento. El diario El País publica una entrevista con el filósofo y jurista italiano Luigi Ferrajoli, que está impulsando la instauración de una “Constitución de la Tierra“, que instituya una esfera pública internacional a la altura de los desafíos globales y, en particular, funciones e instituciones supranacionales de garantía de los derechos humanos y de la paz. Al mismo tiempo vemos como los gobiernos piensan y actúan local, pero no global. Incapaces de ponerse de acuerdo incluso en un terreno tan abonado como parece ser la Unión Europea. Incapaces de superar la oscura sombra de su propia estampa.

Cuando todo haya pasado. Cuando volvamos a la normalidad ¿Qué demostrará haber sobrado en esta crisis? ¿La humanidad haciendo algo a la vez? ¿La comunidad científica unida globalmente? ¿La “Constitución de la Tierra” y su evidente necesidad? ¿Los gobiernos que demuestran su firme y obstinada creencia de que, pase lo que pase, el centro del mundo es su propio ombligo?

Es tiempo de cerrar filas, de disciplinado acatamiento. Por supuesto. Pero quizás podamos ser muchos los que observemos y desde nuestras propias conclusiones, empecemos a considerar, sin fantasías, qué debe suceder en el fin del confinamiento. Cómo vamos a poder saludar lo nuevo que nos trae la situación y enviar definitivamente al cajón de la historia lo que demuestra su obsolescencia, lo que ya, como Humanidad, no nos sirve.

Marià Moreno

7. MasAllaDelLunes – Cr. Cor. _2_ – Confinados – Con qué fin – 28.03.20

Cronicas del Coronavirus (1)

Ni ocell, ni cant
només un caminant
 
(ni pájaro, ni canto, solo un caminante)
 
Detrás de toda crisis se encuentra la esperanza de que cuando se resuelva, salgamos de ella mejores, más dignos, resueltos a cambiar cuanto debe ser cambiado. La devastación de la Gran Guerra unida al espanto ante el horror nazi, permitieron alumbrar la Declaración Universal de los Derechos Humanos, hasta hoy, el mejor regalo que la Humanidad ha sabido darse a sí misma.
 
Esa esperanza es hija del sentido que nuestra especie necesita para andar sus días, por paradójicamente desesperados que estén siendo. Podemos soportarlo todo, pero para ello el futuro debe ser mejor. Si no vamos a ser capaces de construir algo más bello, más noble: ¿Qué sentido tiene lo que estamos pasando?
 
El empeño de la nueva construcción va de la mano de la intensidad con la que grabemos lo que estamos viviendo. El instinto de supervivencia es tan primario y poderoso, su mandato es tan directo e intenso que anula cualquier otra razón que no sea la que enérgicamente impone, y por lo mismo también lo hace con la emoción. No se puede dialogar con él.
 
Sin embargo quizás sí nos sea posible anotar algo: Un destello. ¿Qué sentimos cuando no podemos acercarnos al mostrador? ¿Cuándo nos apartamos en una cola ante cualquier presencia humana? ¿Cuándo en definitiva, parece que cualquiera nos pueda poner en riesgo?
 
¿Qué sentimos cuando el otro es una amenaza?
 
Si en nosotros puede al menos tintinear un ligero eco de lamento o de tristeza. Si entendemos que la imposibilidad de un abrazo nos deja, inertes, varados en la playa desierta de una unidad superviviente hoy, pero que no puede tener sentido mañana.
 
Nos separamos, nos aislamos, nos confinamos y quizás al hacerlo podamos intuir, siquiera levemente, cuánto necesitamos ser y estar con ese mismo otro al que ahora alejamos. Cuánto necesitamos vivir con y para los demás.
 
Quizás podamos darle sentido a tanta ausencia y cuando podamos volver a darnos la mano, abrazarnos y besarnos. Nos propongamos crear un mundo para nosotros mismos y para todos esos otros, conocidos y desconocidos, a los que, casi sin poder sentirlo, tanto estamos añorando.
 
Marià Moreno

El mundo en la cabeza (caber)

Demasiado complejo, vasto, diverso o simplemente ininteligible. Esas son las bienintencionadas excusas que nos exoneran de que “el mundo nos quepa en la cabeza”. Irredentos transformadores, optamos por especializarnos:  “nueva economía; “cambio climático; “igualdad de género” o “educación” e incluso “revolución espiritual”. Se convierten en nuestras particulares divisas para lograr que “otro mundo sea posible”. Soñamos (y el verbo está bien empleado), con el hecho de que una de ellas sea la palanca decisiva que mueva todo lo demás.

Cualquier observación, hasta la más benévola, de la realidad mundial tiene por fuerza que llegar a una obvia conclusión: “no pierdan el tiempo en mejorar nada, si de verdad quieren lograr algo, simplemente deben borrarlo todo, eliminarlo. Hacer que el viento de la Historia lo entierre en la ciénaga más profunda del último rincón del Universo.

El Juego, diseñado y establecido por el Poder, ha alcanzado una fase tan terminal como inesperada: Nadie está al mando. Apenas llegan noticias de las proezas de personajes de nula altura intelectual y peor moral, que dotados de una ignorancia insuperable, creen estar erigiendo un nuevo orden. Cuando en realidad lo único que están haciendo es dar inútiles manotazos de ahogado. Su mundo ya ha muerto, carece del más mínimo futuro. Nuestro problema es que esos manotazos son los mismos que dan la estocada final a un mundo que también es el nuestro. No tenemos otro.

El primero de los Principios Herméticos determina que “El TODO es mente; el universo es mental”. Que nada que no haya sido pensado antes puede devenir real. Si este mundo no nos cabe en la cabeza ¿Cómo vamos a ser capaces de concebir otro? Nos entregamos a las partes obviando que el Todo solo se transforma desde el Todo. Que la única posibilidad de que “otro mundo sea posible” es que alguien pueda pensarlo primero, entero. Que a alguien sí le “quepa en la cabeza”.

“La Esperanza ve lo que todavía no está y será”. Hace tiempo que se alcanzó la conclusión de que el fuego surgió simultáneamente en miles de lugares, en un espacio de tiempo relativamente corto. Como si nuestra especie ya estuviera preparada para disponer de él. La Esperanza es lo último que se pierde porque tan solo ella permaneció en la Caja de Pandora. Por eso siempre la hemos conservado.

No nos cabe el mundo en la cabeza, pero es posible que en estos momentos, por la misma mezcolanza infinita que nos hace aparecer como incomprensibles, con la misma simultaneidad que el surgimiento del fuego, se estén concertando encuentros y creando hogares. A la vez y de una vez. Encuentros donde la diferencia: de edad, cultura, creencias, origen. Hará que los nacidos en esas nuevas familias sean el vivo testimonio de lo que nunca antes pudo ser.

Quizás sean ellos los llamados, por miles y cientos de miles, a que un nuevo mundo sí quepa en sus cabezas. Serán los soñadores qué pensarán y construirán desde el Todo.

Que nuestra realidad haya sido necesaria para llegar hasta ellos, dará sentido a lo que ahora vivimos. Mientras tanto, seguiremos trabajando en la divisa que hemos elegido, nos esforzaremos tanto como siempre hemos hecho. Mientras tanto también, si escuchamos que una voz infantil nos formula lo que nos parece una pregunta extraña. Hagamos que nuestra respuesta no cierre su mente ni su mirada, al contrario, que abra las dos de par en par. Es posible, solo posible, que estemos hablando con alguien que se está entrenando para que el mundo sí le quepa en la cabeza.

Marià Moreno

“Todo por el pueblo, pero sin el pueblo”

Todo por el pueblo, pero sin el pueblo”. Esta es la carta de presentación del “Despotismo Ilustrado”. No deja de sonar siniestra. Quienes lo llevaron a término, algunos poderosos reyes europeos de la segunda mitad del siglo XVIII, probablemente no eran especialmente ilustrados ni quizás fueran tan solo cultos, pero si estaban lo suficientemente despiertos como para dejarse impresionar por las ideas de “La Ilustración”. Ideas que todavía ejercen una más que notable influencia en nuestra forma occidental de vivir.

Aunque la acabemos conociendo por un lema que tan ajeno y atrasado nos parece, la Ilustración, y con ella el Despotismo Ilustrado, estaba impecablemente dotada de una voluntad de atender al interés general que se extendía incluso a todo el orbe. Su “hombre”, era todos los hombres y tratar de alcanzar sus bienestar, la tarea del gobernante. Imaginemos por un momento que fuéramos capaces de someter a un examen a todos los poderosos del planeta, tanto a los públicos, cuyos nombres conocemos bien, como a los ocultos. Serían tan solo dos preguntas: ¿Cuáles son los problemas reales del mundo, de la Humanidad en su conjunto? ¿Cuáles de esos problemas está ayudando a resolver ahora, pongamos en el último año? El suspenso sería tan clamoroso como generalizado. Quizás alcanzarían el aprobado si la pregunta se refiriera a los problemas de la zona del mundo donde actúan. Pero para llegar a las notas más altas, la pregunta debería ser mucho más sencilla: ¿Cuáles son sus problemas? Esos sí los conocen bien, y desde luego no dejan de actuar sobre ellos.

“Todo por el pueblo, pero sin el pueblo”. Una afirmación, en pleno siglo XXI, definitivamente reprobable. Sin embargo, no deja de ser una enorme paradoja que aquellas personas que sí conocen los problemas del mundo y apuntan a cómo mejorarlo, no tienen prácticamente poder, mientras las que solo están interesados por sus problemas o los de su rincón del mundo, estas tienen todo el poder. Al menos algunos reyes europeos se dejaron impresionar por unas ideas, hace ya más de dos siglos. Los actuales poderosos no corren ese riesgo, tienen su propia y exclusiva idea: ocuparse de sus asuntos. En ellos el bienestar de las personas no ocupa ningún lugar, salvo quizás las del patio en donde viven. Ignoran que quiere decir la palabra Humanidad (todos los seres humanos) y de la expresión “interés universal”, saben muy bien que significa la primera palabra y la segunda les recuerda vagamente a una productora cinematográfica. Lisa y llanamente: el “interés universal” no existe, no está en su agenda ni en su pensamiento. ¿Cómo van a liderar esos “tipos” nada que tenga que ver con solucionar ni uno solo de los problemas de todos los seres humanos? (utilizo “tipos” en directo homenaje a Joan Manel Serrat que así los denomina).

Si quién sabe qué hacer no manda y quién manda no tiene ningún intereses real en nada que no sea su cortijo. Desde luego algo está fallando, y lo está haciendo de manera muy grave.

Es obvio que el mundo ya está necesitando en este momento, una completa y franca colaboración de quién lo gobierna, a plena luz o en la sombra, pero el castizo aserto “no está ni se la espera” define bien en qué estado se encuentra ese entendimiento. El “bien común” es poco más que un espantajo electoral mientras el “interés propio” sigue siendo la única forma legítima de ordenar el actuar humano. Los poderosos no hacen más que aplicarlo en lo que a ellos les concierne. Al cabo, nos dirán, hacen lo mismo que hacen todos los demás.

Marià Moreno

4. MasAllaDelLunes – Todo por el pueblo, pero sin el pueblo – 12.05.19

Cada acto revela su consecuencia

En el mundo occidental parece que hemos encontrado la solución perfecta para definir la realidad: Se lo dejamos a la ciencia. Si “Ella” (con mayúsculas por supuesto) determina que algo es cierto, lo es. Pero eso no es todo, también determina qué es causa y qué es efecto y cuál es la relación entre ellos. De modo que cuando “Ella” afirma que algo es la causa de otro algo que es su efecto, pues así es. Cuando no puede hacerlo pues nos quedamos con la conocida coletilla: “a la espera de que el progreso científico lo permita conocer”.

Tenemos tan integrada esta cuestión que quizás nos cueste ver cuánto y cómo desafía al sentido común. Salvo error de mi parte, la ciencia no ha determinado el poder de una mirada, o de un abrazo, pero mirada y abrazo tienen poder, incluso un increíble poder. Puede argumentarse ahora que no le vamos a pedir a la ciencia que se ocupe de todas y cada una de las acciones humanas, que para eso justamente ya está el sentido común. Está bien, dejemos a la ciencia que siga tratando de mejorar nuestra comprensión del mundo, pero si no puede ocuparse de todas nuestras cosas quizás podamos decirle que, al menos de algunas, nos ocupemos nosotros mismos.

Cada acto revela su consecuencia, de la misma forma que la semilla ya es la flor. Simplemente se encuentran en un estadio anterior de lo que será, pese a que deban producirse determinados acontecimientos, nada puede negar el carácter de germen tanto al acto como a la semilla. El germen es una entidad completa, acabada en sí misma, de no serlo no podría prosperar, perdería su identidad, no sería un germen.

Que cada acto revele su consecuencia no implica que cada acto “tenga consecuencias”, por la cuestión acabada de apuntar, si no se producen los acontecimientos que facilitan el desarrollo del germen, pese a su carácter completo, no podrá prosperar. Pero no hay que esperar más, si miramos con “ojos humanos” al acto, podemos ver su consecuencia y no haría falta nada más para actuar.

Muchos de los gobernantes actuales, a los que suman no pocos de nuestros rectores económicos, se adhieren con entusiasmo a la negación de las consecuencias que sus actos revelan, al menos hasta que la ciencia lo demuestre, cosa harto improbable porque gobernantes y magnates siempre van a poder contar con “su ciencia”.

Cuando se ningunea o matiza el cambio climático, la consecuencia deseada es que nada cambie en una economía que necesita ser depredadora para subsistir, cuando se menosprecia a una mujer, se desea que siga siendo, para siempre, ciudadana de segunda, cuando se firma una proclama racista, se quiere que el racismo y el odio al diferente vuelva a ordenar nuestra vida. Es así, la consecuencia quiere ser tan completa como lo es el germen que la alumbra.

Cada acto revela su consecuencia, nos dice qué desea y ante la avalancha de los que con tanta tesón defienden la vuelta a la oscuridad, sí nos queda algo: nuestro “común sentido”, el que hace que también seamos muchos los que intentamos que nuestros actos y sus consecuencias, revelen nuestro deseo de ser humanos desde la mejor expresión de nuestra humanidad.

Marià Moreno

3. MasAllaDelLunes – Cada acto revela su consecuencia – 24.03.19