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Una cara indecisa – Crónicas del Coronavirus (11)

Llega desde la calle la observación de que el fin de la mascarilla no ha sido tan unánime como quizás se esperara, que la cuestión parece andar, cuando menos, repartida. Cada cara es de quien la posee, pero  si se nos permite la licencia de hacer una síntesis imposible, la consecuencia de ese compendio vendría a ser algo así como la presencia de una cara global indecisa. Una cara que duda. Duda acerca de si mantener su protección o, sin más, manifestarse a los cuatro vientos.

No es tarea de un cronista el emitir juicios, sea bien concedido que sobran los motivos para preservar el rostro cubierto: la inseguridad general que el COVID ha provocado; la propia edad; la edad de los hijos; la de los padres; una vacuna que no acaba de completarse; no tener que andar midiendo metros ni palmos; tener que visitar algún que otro comercio y “para qué ir tirando arriba y abajo del embozo”. Razones  absolutamente respetables, de la primera a la última, como lo son cualquier otras que ahora no se han citado. Motivos y razones que también tienen los que lucen su cara desnuda, y a los que también debe rendirse el debido tributo: Una vacuna ya completa; prescindir de lo que ha sido siempre una molestia; la más seguida idea de lo que en ocasiones parece, respecto a que si la autoridad lo dispone, pues alguna razón tendrá; Un pensamiento, un tanto más subversivo, que repite que del COVID, con suerte, nos hemos enterado de la mitad de la mitad, o sea “que ya era hora”. O la simple y directa: ¿Alguien conoce a alguien a quien la mascarilla le siente bien? “Pues venga, ¡Vamos!, y a otra cosa”.

Un cronista lo es porque pisa la calle. De modo que en la tarde de este domingo, segundo día de autos, ha encaminado sus pasos hacia cuanta cara se le ha cruzado. Primero en su propio barrio, el más que desconocido Baix Guinardò. Un barrio que no existió hasta que Gracia, la Sagrada Familia, el Camp de l’Arpa y hasta el mismísimo Guinardó, no se lo sacudieron de encima. Con la llegada de la democracia a todos les sobraba. Si bien el desprendimiento no olvidó la apropiación de lo único que podía ser el buque insignia de aquellas calles despreciadas:  El conjunto modernista del Hospital de Sant Pau. Con todo, algo había que hacer con aquel conjunto relativamente uniforme de manzanas, y sobre todo con las almas que lo habitaban. La solución fue crear por decreto administrativo el “Baix Guinardò”. Un barrio cuya existencia ignoran 4 de cada 5 barceloneses, y aún parece generoso el grado de conocimiento otorgado. Quede constancia de que se trata de un barrio familiar y de buen vivir, aunque acusa la presencia de las primeras rampas de la montaña que se alza tras él.

Los primeros pasos en el barrio, marcan un sentido empate en cuanto a la observación de lo que se descubre. Aquí y allá surge una faz rampante, y a su lado otra que sigue anónima. Al lado de la misma familia, con carrito y pequeño infante revoloteando, para la que no parece haber llegado el día 26, aparece otra, donde el COVID sí parece ir quedando atrás. Hay mayores prevenidos y otros que deben estar, por lo visto, vacunados y hasta revacunados. Espadas en alto en las primeras notas, pero naturalmente hay que acercarse a Gracia, que como es bien conocido, es “divina”, ella sí.

Pero antes hay que recoger si la convivencia se ve quebrada por extraños giros o súbitas paradas, que mal imitando el arte del mismísimo Messi para sacudirse de encima a jugadores contrarios,  digamos que tratan de evitar un aire indeseado por cercano. No se producen tales movimientos ni lo harán en toda la tarde. En relación con la presencia de ciudadanos armados con cintas métricas, o cualquier otro instrumento análogo de medición o palmeo (esto es, de medir palmos), pues no se esperaba, francamente. Ni rastro de de ellos en el barrio, tampoco fueron avistados después.

La entrada en Gracia, por la impecable calle de la Encarnación, parecía querer ofrecer el mismo resultado, pero pronto la igualdad se desvanece. Estamos en el lugar de las calles ornamentadas cuando aparecen los más severos calores del verano. Tras atravesarlo casi de punta a punta, parece claro que sus habitantes o, al menos las personas que por él pasean, han decidido que definitivamente no hay cristiano al que la mascarilla le aporte más que engorro, eso sí, una vez llegado el día 26. Y ya estamos a 27.

Gran de Gracia es eso, la calle grande de Gracia, aunque palidece ante cualquiera de las del Ensanche, si bien los domingos, la merced municipal la convierte en peatonal. Ahí sí, se convierte, por momentos, en una auténtica avenida de agradable y suave trote, sobre todo en dirección descendiente hacia el Paseo de Gracia. Las notas señalan que ya escasamente serán a lo sumo un tercio o un cuarto los cubiertos, quizás porque la ausencia de tráfico permite guardar todas las distancias habidas y por haber.

Es obvio, hay que alcanzar el Paseo de Gracia, hoy más comercial que señorial, (y rogamos perdón, entre otras, a La Pedrera y a la Casa Batlló). Una avenida antaño plagada de turistas tan denostados un año, como echados en falta al siguiente, demostrando una vez más las paradojas a las que conduce no saber de qué se está hablando.

El Paseo de Gracia origina un descenso realmente notable de adminículos protectores. No cabe alegar una masiva presencia de foráneos inconscientes, dado que como es sabido apenas se están empezando a hacer notar. Pero, al cabo, el Paseo de Gracia quizás ya no sea lo que era. ¿Qué estará pasando en su calle vecina? Que está si conserva señorío y gravosas (o gravosísimas) terrazas. Naturalmente se trata de la Rambla de Catalunya, de siempre poseedora de unos de los metros cuadrados más caros de la ciudad (sino directamente los más). Pues el señorío, demostrando su poder y capricho, opta por lo mismo: claramente escasean las mascarillas.

Se dirá que todavía faltaría atravesar la Plaza Catalunya y adentrarse en las Ramblas, santo y seña de Barcelona hasta que, parece claro, dejó de serlo. Esto último no deja de ser obvio, ¿Cómo va a ser lo mismo sin el Capítol en su cabecera? Era solo un teatro, pero ahí actúo en más que repetidas ocasiones Pepe Rubianes, y quizás con eso, ya queda dicho todo.

Sin pasear por este último trecho, este cronista da por concluido su observador peregrinaje. La escritura de estas palabras le aguardan. Narrar lo percibido es su tarea, pero siendo la ocasión la que es, sea demandada una nueva y última licencia, para celebrar la absoluta convivencia entre los más prevenidos y los más expuestos. Con ello rendir homenaje a la gente que pisa la calle, la de aquí y la de allá, porque es esa gente la que hace las cosas, y es la única que sabe ser constructora de comunidad, de espacios donde los seres humanos, justamente, expresan su humanidad.

Marià Moreno

17. MasAllaDelLunes – Cr. Cor. _11_ – Una cara indecisa – 27.06.21

Lógica Comunitaria – la gran olvidada – Crónicas del Coronavirus (10)

 

La “Lógica Comunitaria” no puede ser más lógica. Literalmente dice que cuando una comunidad se enfrenta a un problema, la solución debe afectar a todos por igual. Esto es, si hay que hacer sacrificios, deben repartirse entre todos, ya que el beneficio de solucionar el problema será para todas las personas de la Comunidad. Si se nos permite la reiteración, es una lógica tan lógica que no admite color ni partido.

Este cronista escucha en Catalunya Radio, que el 20% de la restauración de Girona ha cerrado definitivamente, y que el pequeño comercio sigue la misma línea. Un par de taxistas, le dicen que la reducción de ingresos sobre el año 2019 es del 60% – 70%, o sea que facturan solo el 30 – 40% de lo hecho en aquel año. No sé si algún lector ha estado o conoce a alguien en ERTE. Este cronista sí, a su hijo. Como empleado, su reducción de ingresos ha sido cercana al 50%.

En el otro extremo, la tasa de ahorro en España ha batido todos los récords. En 2020 fue del 14,8%, que es el dato más alto desde que se inició la serie en 1999. En plena pandemia, muchas personas no solo no han sufrido ningún estrago económico, sino que han ahorrado. Son las que trabajan en sectores que no se han visto afectados, como por ejemplo la Alimentación, o trabajan para el Estado en cualquiera de sus múltiples formas. Tampoco se han visto afectadas si son pensionistas.

Resulta evidente que detener la pandemia pertenece a la esfera del “Bien Común”. Todos nos beneficiamos de eso, pero parece evidente que “el gasto” solo lo han pagado unos (en euros), mientras otros también la han sufrido, pero, justamente, no han pagado de forma directa ni un euro por luchar contra ella.

Este cronista trata de entender cómo ha podido darse tan flagrante injusticia, que además solo es denunciada por los que la padecen. Si es que están suficientemente organizados para hacerlo, como lo está la restauración.

Resulta más que evidente que en la pandemia se han cruzado dos lógicas, la “Lógica Sanitaria” y la “Lógica Económica”. Al encontrarse y casi de forma inmediata, estas dos lógicas se han enzarzado en un combate descarado por imponerse. Esto es, han competido, no han colaborado. Es evidente que la moralidad está con la sanitaria, salvar vidas, pero la económica apunta que ella pretende evitar desastres, de todo tipo, en el plano material para las personas afectadas. A partir de aquí no ha habido otra que “tomar partido”. Seguro que muchos responsables gubernamentales han tratado de hacer unos más que difíciles equilibrios. Pero de fondo, ha habido que tomar partido. Sabemos quién ha ganado, la “Lógica Sanitaria”, por tanto, ha perdido la “Lógica Económica”.

Curiosamente estas dos lógicas, incluso la que quiere salvar vidas, no han hecho otra cosa que dejarse llevar por el paradigma social imperante, que no es otro que el de la competición. Quizás en algún lugar concreto, personas también concretas, hayan ensayado una colaboración entre las dos lógicas, pero a simple vista y a gran escala no parece que haya sido así.

Cuando el paradigma es la competición, se compite, la colaboración no lo tiene fácil para aparecer.

En alguna de estas crónicas, se ha señalado que la magnitud de la pandemia es más que colosal. Con todo, la “Lógica Comunitaria” ha sido la gran olvidada ¿Realmente no era posible arbitrar una solución, que hiciera que todos los ciudadanos asumieran su parte en el coste de la lucha contra la pandemia? Se puede afirmar que se ha intentado paliar la situación de los afectados. Es el conocido recurso del subsidio. Dado que el estado no puede evitar una situación, trata de acercar algún remedio, a sabiendas de que esa compensación suele resultar escasa.

Ha faltado cultura realmente orientada al Bien Común. Capaz de intentar que lo que necesariamente tiene que ser duro, lo sea para todos. La cuestión, naturalmente, no es ni el confinamiento ni las medidas adicionales, en ese sentido la superioridad de la Lógica Sanitaria es más que evidente, y hay que seguir su consejo. Pero no se puede llevar a una parte de la población a una situación límite (o más allá), mientras otra parte sale indemne (y hay que volver a repetir que nadie sale indemne del COVID-19, esta crónica no se refiere a la enfermedad, en absoluto).

Quizás hubiera sido posible un diálogo constructivo entre las dos lógicas, mientras que quizás también se hubiera podido implantar un principio central: que las consecuencias sean para todos los ciudadanos. Renunciando a un imposible “por igual”, pero no a que lo fuera, al menos, de forma aproximada.

El Bien Común, afortunadamente va apareciendo en nuestras conversaciones, pero es probable que debamos seguir aprendiendo sobre él. El Bien Común no se basa en el bien de tan solo unos (aunque sean la mayoría). El Bien Común se orienta a todos los miembros de la Comunidad, de lo contrario es evidente que no es eso: común.

Marià Moreno

16. MasAllaDelLunes – Cr. Cor. _10_ – Lógica comunitaria… – 26.04.21

Objetivos de Desarrollo Sostenible y Territorios Rurales Inteligentes

10 Julio 2020 | Autor: Marià Moreno. Asociación Española contra la Despoblación

Cuando oímos hablar de “Objetivos de Desarrollo Sostenible” (ODS) impulsados por la ONU, solemos pensar que están dirigidos hacia lugares del Planeta que se encuentran atrasados en su desarrollo.

Por tanto, pensamos que no están hablando de nosotros. Nosotros sí hemos conseguido un desarrollo sostenible. A riesgo de ser tachado de oportunista, sería como esto de las epidemias, que pasaban en otros lugares, lejanos y casi siempre más pobres.

Sin embargo, la apelación a la necesidad de un “Desarrollo Sostenible”, está mucho más cerca de nosotros de lo que pensamos. Lo está al alcance de un trayecto en coche no demasiado largo, y siempre que recorramos el territorio no solo con ojos turísticos, a la caza de lo pintoresco, sino con los ojos que hay que tener para ver cómo vive realmente la gente, esto es, para ver como a menudo simplemente sobrevive.

El objetivo nº 9 de los ODS tiene un largo enunciado: “Construir infraestructuras resilientes, promover la industrialización inclusiva y sostenible y fomentar la innovación”. Cuando nos adentramos en él a través de la propia ONU, vemos unos titulares que nos hablan de saneamiento básico, agua potable, infraestructuras para aumentar la productividad, acceso estable a la electricidad, productos agrícolas procesados, energía renovable y acceso a Internet.

Nos proponemos, brevemente, conectar este objetivo con lo que venimos denominando como “Territorios Rurales Inteligentes”, aunque ruego me sea permitida la pequeña digresión de considerar que el apelativo “inteligente” quizás sea redundante, esos territorios o son inteligentes o simplemente no serán.

Poco a poco, casi con el mismo ritmo que tiene la desesperanza, que nunca llega de súbito, sino que es el fruto del goteo de las experiencias que nos llevan a ella. Con esa lentitud que hace que casi las cosas no se perciban. En este mundo nuestro, en apariencia tan desarrollado de forma sostenible, nos hemos especializado en hacer justamente lo contrario, que resulten insostenibles innumerables territorios y rincones que ya no pueden sustentar el hacer humano. La explicación central es que se trata del tributo que hay que pagar al progreso. Un tributo que dice que la vida solo será posible en la ciudad, en la urbe, e incluso solo en la “gran urbe”.

Hay una cuestión elemental respecto a la sostenibilidad de un territorio. Lo es porque un grupo humano que conforma una comunidad decide que quiere habitarlo de manera indefinida. Es una expresión de voluntad que de acuerdo con nuestras leyes, también es un derecho. Deberá ser inteligente, por supuesto, deberá ser capaz de producir lo que algún mercado le quiera comprar, naturalmente. La nuestra es una Economía de Mercado. ¿Pero también le corresponde a esa comunidad dotarse de las infraestructuras que le permita ser productiva? ¿También le corresponde a ella dotarse de unas condiciones dignas de vida (sanidad, educación)? En suma, ¿Le corresponde a los miembros de esa comunidad hacer lo que nuestro mismo estado, sin despeinarse, hace por cualquier habitante de una ciudad?.

Por supuesto que tenemos por delante que, al menos, un ODS, el nº 9, nos alcance, quedan muchas infraestructuras por construir y también contribuir a la dignificación de muchas vidas, antes de que podamos alardear de que ese objetivo no va con nosotros.

Quiero citar a Cristóbal Colón, constructor de La Fageda, empresa premiada como pocas en todos los niveles, también nacional, para traer aquí sus palabras:

“Tratar a todas las personas igual significa tratar a cada una de forma diferente”.

Combatir la despoblación, lograr que unos territorios sean inteligentes, no puede ser abandonado a la lógica del número que parece que lo justifica todo. Cuando todo depende de un dígito, primero se van las cosas y los servicios, y después las personas, tras su marcha solo quedarán encubiertos desiertos salpicando nuestra geografía.

Podemos evitar todo eso, tratando a lo diferente como lo que es: diferente. También porqué la existencia de esas comunidades “diferentes” nos aportan al menos dos cosas fundamentales: Que la vida habite en toda nuestra tierra, y que el sacro derecho a poblarla no dependa ni de los baches de una carretera ni de una conexión a Internet que siempre falla.

Cuando salir a la calle es un delito – Crónicas del Coronavirus (4)

Vaya muy por delante la absoluta necesidad de respetar el confinamiento. La firme voluntad de cerrar filas con quien tiene la grave responsabilidad de gobernar una situación tan imposible como inesperada. En este instante, salir a la calle puede ser un delito debidamente sancionado (no entramos en categorías jurídicas). Es un hecho, nos encontramos en un momento (que dura) que puede ser definido, en presente, como: “Cuando salir a la calle es un delito”. Es desde nuestro apoyo a que sea así, que nos permitimos reflexionar.

Salimos a la calle, siempre con un objetivo, con algo concreto que hacer. Ir al supermercado, pero uno tiene la costumbre de vuelta, con el carrito lleno, de sentarse en un banco del cercano parque ¡Qué triste está tan solo! Sin ningún padre ni ninguna madre correteando detrás de una criatura que, aunque tambaleante, no duda en explorar, una y otra vez, cuan infinito puede ser el Universo. Me siento, entonces, pero estoy inquieto ¿Me podrán multar por hacerlo? Tengo la compra como prueba y coartada, pero estar en ese banco, aún en absoluta soledad, quizás sea excesivo. No lo sé. Te llega la noticia de un hijo multado pese a llevarle comida a su madre mayor, aunque luego le fue levantada. Uno mismo ha podido comprobar cómo un mosso d’esquadra le decía, amablemente, a una pareja que los dos no podían ir juntos por la calle. También vivido en primera persona como, amablemente, un guardia urbano me hacía retroceder hacia mi casa, diciéndome que comprar pan no era motivo suficiente para salir de casa. Queremos subrayar, igual que hemos reiterado, la amabilidad de los agentes. Es muy de agradecer ¿Quién se imagina diciéndole a una pareja que no puede caminar unida o a alguien que no puede ir a comprar pan?

Para mi generación ganar la calle fue el símbolo de que sí, de que realmente la democracia moraba entre nosotros. La calle volvía a ser nuestra, tras insufribles años de cautiverio. Antes, tan solo la podíamos raptar entre algaradas y carreras. Las embestidas policiales nos hacían retroceder. Nos retirábamos, siempre lo hacíamos, pero desde la forzada lejanía. Muchos levantábamos un puño en alto. Para proclamar que volveríamos, que con nuestra retirada no iba ninguna renuncia, que solo era una táctica. Que no pensábamos ceder ni un palmo, que esa calle sería nuestra. Lo fue.

Debíamos ganar la calle, era tan evidente como imperativo. La razón era y es más que obvia. Es en la calle donde todos nos encontramos. Donde eso que somos, que se viene en llamar “el pueblo”, se manifiesta. Bienvenidos sean los balcones si en ellos truena en favor de quién más se lo merece. Sean muy bienvenidos, pero solo es en la calle donde realmente nos conocemos, dialogamos, acordamos, crecemos, progresamos.

Con un poco de fortuna es en nuestra casa donde suceden las felices escenas de nuestra niñez, que adornarán nuestra vida. Es en casa donde recibimos la carga fundamental del amor que después sabremos entregar. Es también allí donde se pone la primera piedra de algo tan complejo como será nuestra entera educación. Sí, es en “casa”, pero todo eso no sucede para que se quede en esa misma casa, ni en la que podamos fundar. Que acontezca solo tiene sentido para que salgamos a la calle, para que sea en la calle donde el espectáculo de nuestra existencia transcurra, también donde encontremos el amor y lo que, como él, da sentido a nuestro vivir. Por eso hay que ganar la calle, es imprescindible, porque solo cuando es de todos. Todos estamos realmente vivos.

Nuestra casa es y será siempre nuestro lugar, allí donde siempre querremos volver, capitanes de nuestra propia Odisea. Al cabo, siempre Ulises. Pero solo es en la calle donde realmente podemos ser, por eso una calle vacía, ahora por el confinamiento o como siempre lo está en la apabullante geografía de la España despoblada, es más, mucho más que la ausencia de personas. Es un puro lamento. Es lo que no somos y necesitamos ser.

Marià Moreno

8. MasAllaDelLunes – Cr. Cor. (4) – Salir a la calle – 13.04.20

Confinados ¿Con qué fin? – Crónicas del Coronavirus (2)

Los medios nos indican que 3.000 millones de personas se encuentran confinadas, cerca de la mitad de la Humanidad (7.500 millones).

Naturalmente los grados de confinamiento son diversos pero en general podemos afirmar que todas esas personas se encuentran sujetas a una acción

común, con una etiqueta única y concreta: “confinamiento“. Hasta ahora la acción conjunta de una ingente cantidad de personas parecía reservada al seguimiento de las enormes audiencias televisivas, a menudo deportivas, aunque algunas fuentes sitúan históricamente en el primer lugar a los funerales de Michael Jackson y Lady Di. En cualquier caso, es un hecho, se está desarrollando una gigantesca e inesperada acción conjunta por parte de una cifra de personas sin precedentes. Si preguntamos con qué fin se produce. La respuesta es directa: el confinamiento se dicta con el fin de evitar la interacción social que es el medio de contagio del Coronavirus.

Para muchas personas ahí se acaba la cuestión. Sin embargo, la magnitud de lo que ocurre, sus casi infinitas ramificaciones, están invitando a otras personas a considerar que la cuestión, justamente, empieza ahí.

Probablemente podemos afirmar que escapa al intelecto humano la plena comprensión de un fenómeno como el que vivimos. Demasiado vasto, sin embargo, al menos, podemos anotar algo de lo que alcanzamos a ver. Casi la mitad de la humanidad hace algo realmente parecido a la vez. Añadimos que se nos dice que la comunidad científica ha alcanzado, en su lucha contra el virus, una unidad de acción planetaria desconocida hasta el momento. El diario El País publica una entrevista con el filósofo y jurista italiano Luigi Ferrajoli, que está impulsando la instauración de una “Constitución de la Tierra“, que instituya una esfera pública internacional a la altura de los desafíos globales y, en particular, funciones e instituciones supranacionales de garantía de los derechos humanos y de la paz. Al mismo tiempo vemos como los gobiernos piensan y actúan local, pero no global. Incapaces de ponerse de acuerdo incluso en un terreno tan abonado como parece ser la Unión Europea. Incapaces de superar la oscura sombra de su propia estampa.

Cuando todo haya pasado. Cuando volvamos a la normalidad ¿Qué demostrará haber sobrado en esta crisis? ¿La humanidad haciendo algo a la vez? ¿La comunidad científica unida globalmente? ¿La “Constitución de la Tierra” y su evidente necesidad? ¿Los gobiernos que demuestran su firme y obstinada creencia de que, pase lo que pase, el centro del mundo es su propio ombligo?

Es tiempo de cerrar filas, de disciplinado acatamiento. Por supuesto. Pero quizás podamos ser muchos los que observemos y desde nuestras propias conclusiones, empecemos a considerar, sin fantasías, qué debe suceder en el fin del confinamiento. Cómo vamos a poder saludar lo nuevo que nos trae la situación y enviar definitivamente al cajón de la historia lo que demuestra su obsolescencia, lo que ya, como Humanidad, no nos sirve.

Marià Moreno

7. MasAllaDelLunes – Cr. Cor. _2_ – Confinados – Con qué fin – 28.03.20

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Literanda – Un Lugar

Si quieres saber más de ellas, y del resto de mi bibliografía, puedes acceder a la página “Escritor”.

Siete Energías para el Bien Común – 7EBC

Tengo que agradecer a Alternativas Económicas la publicación de este artículo, donde trato de sumar una perspectiva más a la tarea de construir desde la empresa el Bien Común. Gracias.

7EBC – Siete Energias para el Bien Común – Alt. Econ. – 06.08 – Marià Moreno