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En la calle – Crónicas del Coronavirus (8)

Esta tarde he ido al súper, es lo que se tiene que hacer cuando uno vive solo, y cuando lo hace acompañado, también. Tengo mis rituales. Justo enfrente de la puerta del súper, al otro lado de la amplia acera, hay un banco. Si hay suerte y no está ocupado, me siento en él y me fumo un purito. Se trata de una de esas recompensas absurdas que los fumadores tenemos.

Instalado, he desviado mi mirada hacia la izquierda por unos instantes, y al hacerlo, de manera natural, después hacia la derecha, me ha sorprendido la aparición, para mí súbita, de un coche aparcado encima de la acera. Apenas a un metro y medio mío. Eso siempre preludia una corta estancia.

En seguida, del coche salen dos mujeres y un niño. Él es tan pequeño que se tiene de pié y poco más, va más en brazos que otra cosa. Es posible entender que la mujer más mayor (aunque de moderno porte) es la madre de la más joven que a su vez es la madre del infante. Tres generaciones a la vista, algo que siempre es grato de contemplar. Se paran ante el portal de al lado del súper. No tarda nada en aparecer una pareja, de edad, de toda edad ¡Bueno! Ya no son  tres generaciones sino cuatro las que están ante mí. Algo todavía mucho más difícil de ver. El purito se consume pero yo me quedo.

No hay besos, no hay abrazos, apenas un extraño movimiento en torno al codo. No lo habitual, sino algo que quiere ser otra cosa. Queda claro, el encuentro es allí, en la calle. Por alguna razón no pueden subir al piso. Allí están todos, unos frente a otros, parados, sin tocarse. Lo dicen en voz suficientemente alta para que pueda oírlo: parece ser que el pequeñín no reconoce a los abuelos (a los bisabuelos). Intentan bromear sobre eso. Después, la madre, de unos 30 años, se pone a picar de palmas, abuela y bisabuelos le siguen, el niño también. La madre danza alrededor de su hijo que por fin mueve su exiguo esqueleto. Esta es la fiesta que podían tener, y es la que han tenido.

La breve reunión se va a disolver, pero antes el niño se siente atraído por la cercana entrada del súper, hacia allá va con su madre pegado a él. Es el momento que la abuela aprovecha para besar y acariciar, sin recato, a los bisabuelos, es el momento en que una hija besa y acaricia a sus padres. Después de tanta contención, me he emocionado.

¿Seré arrojado a la hoguera por celebrar el triunfo de la humanidad? Porqué esos besos y caricias, tan prohibidos, tan desaconsejados, suponen eso, el triunfo de nuestra humanidad, de la que llevamos cosida a nuestras entrañas. La misma que ahora tenemos que defender, y no precisamente ante un virus.

Si me queman, espero serlo solo en efigie, resulta mucho más llevadero. Pero sea por siempre bendita esa hija que ha besado a sus padres, en la calle, de pié, casi furtivamente, como ha podido.

13. MasAllaDelLunes – Cr. Cor. 8 – En la calle – 26.10.20

El Canto de nuestra Especie – Crónicas del Coronavirus (5)

El gran Josep María Espinás escribió una magnifica evidencia: per primavera les dones floreixen (en primavera las mujeres florecen). Es cierto. Ha bastado que los rayos del Sol sostuvieran una mínima presencia. Para que en Barcelona, desde donde estas líneas se escriben. Algunas mujeres nos regalaran, camino del supermercado, una explosión de vida como solo ellas pueden aportar. Este aprendiz de cronista, tiene, con todo, alguna duda respecto a si invocar a un maestro entre maestros, es venia suficiente para introducir la belleza femenina. Como si la Belleza no fuera junto a la Bondad y la Verdad, la triada de valores que ya desde Platón nos orientan hacia el buen vivir.

Tras poner bajo sospecha la glosa de la Belleza, hemos desterrado la Bondad, acusada siempre de buenísimo cuando no directamente de bobería. Nos queda la Verdad. Se hace necesario traer a Joan Manel Serrat y a su impecable aviso: “nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio“.

La Verdad. En este tiempo de verdad maleada, atracada, secuestrada y por supuesto, denostada. ¿Alguien puede hablar desde ella? No, sin un descarado atrevimiento, algo que en una crónica no debe faltar.

Una Verdad sí recorre el planeta entero, atraviesa océanos, escala montañas, desciende a los valles, sigue el curso de los ríos y se detiene ante cada puerta de cada pueblo, de cada comunidad. Esa Verdad es el Canto de nuestra Especie.

Es el Canto que proclama que de esta crisis debemos salir mejores, diferentes, apreciando la vida, construyendo un mundo para todos, rechazando por siempre jamás que todo se convierta en mercancía. Más unidos, más conscientes, más hermanos de una punta a otra del planeta. Más espíritu, menos materia, mucho más “Seres” y por lo mismo más humanos.

El Canto se extiende de norte a sur y de este a oeste, porque no hay otra posible respuesta y ¿Acaso puede haber otra propuesta? Su letra repite sin desmayo lo que nos basta con mirar para que podamos verlo: “Si la amenaza es global, la actuación de nuestra especie también debe ser global“. Sin embargo, anclado en su caduco bastión, el axioma del estado-nación proclama que todo debe seguir siendo local. No le conmueven 200.000 muertos, como no lo harían tampoco 2 millones. Porque para él solo cuentan sus “propios muertos”. Aunque, ¡Oh paradoja! le cueste hasta llevar “la cuenta”.

Nuestra especie existe solo como objeto de clasificación biológica. Es utilizada sin sonrojo para el alegato y mucho, infinitamente menos, para la acción. No conocemos ningún documento que declare a su portador “ciudadano del mundo”. Sujeto de leyes, derechos y obligaciones universales. En lugar de eso se siguen expidiendo cartas de identidad nacionales, que perjuran porque prometen una protección que no está en sus manos. Porque nunca un virus ni tampoco el mal viento han respetado frontera alguna.

Sin embargo, nuestra especie pugna por despertar su conciencia. Esta no es la primera vez que ha roto a cantar. Lo hizo tras el inconmensurable horror de la Segunda Guerra Mundial. Entonces, una mujer, Eleanor Roosevelt, supo escucharlo, acogerlo y convertirse ella misma en la persona decisiva para legar a la Humanidad lo que sigue siendo nuestro primer referente. Nuestro inexcusable horizonte: La Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Nuestra Especie está cantando ¿Lo hace lo suficientemente alto? ¿Lo hace lo bastante claro? ¿Qué mujer va a asumir de nuevo el reto de escucharlo?

Marià Moreno

10. MasAllaDelLunes – Cr. Cor. (5) – El Canto de nuestra Especie – 26.04.20

Cuando salir a la calle es un delito – Crónicas del Coronavirus (4)

Vaya muy por delante la absoluta necesidad de respetar el confinamiento. La firme voluntad de cerrar filas con quien tiene la grave responsabilidad de gobernar una situación tan imposible como inesperada. En este instante, salir a la calle puede ser un delito debidamente sancionado (no entramos en categorías jurídicas). Es un hecho, nos encontramos en un momento (que dura) que puede ser definido, en presente, como: “Cuando salir a la calle es un delito”. Es desde nuestro apoyo a que sea así, que nos permitimos reflexionar.

Salimos a la calle, siempre con un objetivo, con algo concreto que hacer. Ir al supermercado, pero uno tiene la costumbre de vuelta, con el carrito lleno, de sentarse en un banco del cercano parque ¡Qué triste está tan solo! Sin ningún padre ni ninguna madre correteando detrás de una criatura que, aunque tambaleante, no duda en explorar, una y otra vez, cuan infinito puede ser el Universo. Me siento, entonces, pero estoy inquieto ¿Me podrán multar por hacerlo? Tengo la compra como prueba y coartada, pero estar en ese banco, aún en absoluta soledad, quizás sea excesivo. No lo sé. Te llega la noticia de un hijo multado pese a llevarle comida a su madre mayor, aunque luego le fue levantada. Uno mismo ha podido comprobar cómo un mosso d’esquadra le decía, amablemente, a una pareja que los dos no podían ir juntos por la calle. También vivido en primera persona como, amablemente, un guardia urbano me hacía retroceder hacia mi casa, diciéndome que comprar pan no era motivo suficiente para salir de casa. Queremos subrayar, igual que hemos reiterado, la amabilidad de los agentes. Es muy de agradecer ¿Quién se imagina diciéndole a una pareja que no puede caminar unida o a alguien que no puede ir a comprar pan?

Para mi generación ganar la calle fue el símbolo de que sí, de que realmente la democracia moraba entre nosotros. La calle volvía a ser nuestra, tras insufribles años de cautiverio. Antes, tan solo la podíamos raptar entre algaradas y carreras. Las embestidas policiales nos hacían retroceder. Nos retirábamos, siempre lo hacíamos, pero desde la forzada lejanía. Muchos levantábamos un puño en alto. Para proclamar que volveríamos, que con nuestra retirada no iba ninguna renuncia, que solo era una táctica. Que no pensábamos ceder ni un palmo, que esa calle sería nuestra. Lo fue.

Debíamos ganar la calle, era tan evidente como imperativo. La razón era y es más que obvia. Es en la calle donde todos nos encontramos. Donde eso que somos, que se viene en llamar “el pueblo”, se manifiesta. Bienvenidos sean los balcones si en ellos truena en favor de quién más se lo merece. Sean muy bienvenidos, pero solo es en la calle donde realmente nos conocemos, dialogamos, acordamos, crecemos, progresamos.

Con un poco de fortuna es en nuestra casa donde suceden las felices escenas de nuestra niñez, que adornarán nuestra vida. Es en casa donde recibimos la carga fundamental del amor que después sabremos entregar. Es también allí donde se pone la primera piedra de algo tan complejo como será nuestra entera educación. Sí, es en “casa”, pero todo eso no sucede para que se quede en esa misma casa, ni en la que podamos fundar. Que acontezca solo tiene sentido para que salgamos a la calle, para que sea en la calle donde el espectáculo de nuestra existencia transcurra, también donde encontremos el amor y lo que, como él, da sentido a nuestro vivir. Por eso hay que ganar la calle, es imprescindible, porque solo cuando es de todos. Todos estamos realmente vivos.

Nuestra casa es y será siempre nuestro lugar, allí donde siempre querremos volver, capitanes de nuestra propia Odisea. Al cabo, siempre Ulises. Pero solo es en la calle donde realmente podemos ser, por eso una calle vacía, ahora por el confinamiento o como siempre lo está en la apabullante geografía de la España despoblada, es más, mucho más que la ausencia de personas. Es un puro lamento. Es lo que no somos y necesitamos ser.

Marià Moreno

8. MasAllaDelLunes – Cr. Cor. (4) – Salir a la calle – 13.04.20

Cronicas del Coronavirus (1)

Ni ocell, ni cant
només un caminant
 
(ni pájaro, ni canto, solo un caminante)
 
Detrás de toda crisis se encuentra la esperanza de que cuando se resuelva, salgamos de ella mejores, más dignos, resueltos a cambiar cuanto debe ser cambiado. La devastación de la Gran Guerra unida al espanto ante el horror nazi, permitieron alumbrar la Declaración Universal de los Derechos Humanos, hasta hoy, el mejor regalo que la Humanidad ha sabido darse a sí misma.
 
Esa esperanza es hija del sentido que nuestra especie necesita para andar sus días, por paradójicamente desesperados que estén siendo. Podemos soportarlo todo, pero para ello el futuro debe ser mejor. Si no vamos a ser capaces de construir algo más bello, más noble: ¿Qué sentido tiene lo que estamos pasando?
 
El empeño de la nueva construcción va de la mano de la intensidad con la que grabemos lo que estamos viviendo. El instinto de supervivencia es tan primario y poderoso, su mandato es tan directo e intenso que anula cualquier otra razón que no sea la que enérgicamente impone, y por lo mismo también lo hace con la emoción. No se puede dialogar con él.
 
Sin embargo quizás sí nos sea posible anotar algo: Un destello. ¿Qué sentimos cuando no podemos acercarnos al mostrador? ¿Cuándo nos apartamos en una cola ante cualquier presencia humana? ¿Cuándo en definitiva, parece que cualquiera nos pueda poner en riesgo?
 
¿Qué sentimos cuando el otro es una amenaza?
 
Si en nosotros puede al menos tintinear un ligero eco de lamento o de tristeza. Si entendemos que la imposibilidad de un abrazo nos deja, inertes, varados en la playa desierta de una unidad superviviente hoy, pero que no puede tener sentido mañana.
 
Nos separamos, nos aislamos, nos confinamos y quizás al hacerlo podamos intuir, siquiera levemente, cuánto necesitamos ser y estar con ese mismo otro al que ahora alejamos. Cuánto necesitamos vivir con y para los demás.
 
Quizás podamos darle sentido a tanta ausencia y cuando podamos volver a darnos la mano, abrazarnos y besarnos. Nos propongamos crear un mundo para nosotros mismos y para todos esos otros, conocidos y desconocidos, a los que, casi sin poder sentirlo, tanto estamos añorando.
 
Marià Moreno

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