Cronicas del Coronavirus (1)

Ni ocell, ni cant
només un caminant
 
(ni pájaro, ni canto, solo un caminante)
 
Detrás de toda crisis se encuentra la esperanza de que cuando se resuelva, salgamos de ella mejores, más dignos, resueltos a cambiar cuanto debe ser cambiado. La devastación de la Gran Guerra unida al espanto ante el horror nazi, permitieron alumbrar la Declaración Universal de los Derechos Humanos, hasta hoy, el mejor regalo que la Humanidad ha sabido darse a sí misma.
 
Esa esperanza es hija del sentido que nuestra especie necesita para andar sus días, por paradójicamente desesperados que estén siendo. Podemos soportarlo todo, pero para ello el futuro debe ser mejor. Si no vamos a ser capaces de construir algo más bello, más noble: ¿Qué sentido tiene lo que estamos pasando?
 
El empeño de la nueva construcción va de la mano de la intensidad con la que grabemos lo que estamos viviendo. El instinto de supervivencia es tan primario y poderoso, su mandato es tan directo e intenso que anula cualquier otra razón que no sea la que enérgicamente impone, y por lo mismo también lo hace con la emoción. No se puede dialogar con él.
 
Sin embargo quizás sí nos sea posible anotar algo: Un destello. ¿Qué sentimos cuando no podemos acercarnos al mostrador? ¿Cuándo nos apartamos en una cola ante cualquier presencia humana? ¿Cuándo en definitiva, parece que cualquiera nos pueda poner en riesgo?
 
¿Qué sentimos cuando el otro es una amenaza?
 
Si en nosotros puede al menos tintinear un ligero eco de lamento o de tristeza. Si entendemos que la imposibilidad de un abrazo nos deja, inertes, varados en la playa desierta de una unidad superviviente hoy, pero que no puede tener sentido mañana.
 
Nos separamos, nos aislamos, nos confinamos y quizás al hacerlo podamos intuir, siquiera levemente, cuánto necesitamos ser y estar con ese mismo otro al que ahora alejamos. Cuánto necesitamos vivir con y para los demás.
 
Quizás podamos darle sentido a tanta ausencia y cuando podamos volver a darnos la mano, abrazarnos y besarnos. Nos propongamos crear un mundo para nosotros mismos y para todos esos otros, conocidos y desconocidos, a los que, casi sin poder sentirlo, tanto estamos añorando.
 
Marià Moreno

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Conciencia de Especie

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 Un Lugar para Morir, un lugar para nacer

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El mundo en la cabeza (caber)

Demasiado complejo, vasto, diverso o simplemente ininteligible. Esas son las bienintencionadas excusas que nos exoneran de que “el mundo nos quepa en la cabeza”. Irredentos transformadores, optamos por especializarnos:  “nueva economía; “cambio climático; “igualdad de género” o “educación” e incluso “revolución espiritual”. Se convierten en nuestras particulares divisas para lograr que “otro mundo sea posible”. Soñamos (y el verbo está bien empleado), con el hecho de que una de ellas sea la palanca decisiva que mueva todo lo demás.

Cualquier observación, hasta la más benévola, de la realidad mundial tiene por fuerza que llegar a una obvia conclusión: “no pierdan el tiempo en mejorar nada, si de verdad quieren lograr algo, simplemente deben borrarlo todo, eliminarlo. Hacer que el viento de la Historia lo entierre en la ciénaga más profunda del último rincón del Universo.

El Juego, diseñado y establecido por el Poder, ha alcanzado una fase tan terminal como inesperada: Nadie está al mando. Apenas llegan noticias de las proezas de personajes de nula altura intelectual y peor moral, que dotados de una ignorancia insuperable, creen estar erigiendo un nuevo orden. Cuando en realidad lo único que están haciendo es dar inútiles manotazos de ahogado. Su mundo ya ha muerto, carece del más mínimo futuro. Nuestro problema es que esos manotazos son los mismos que dan la estocada final a un mundo que también es el nuestro. No tenemos otro.

El primero de los Principios Herméticos determina que “El TODO es mente; el universo es mental”. Que nada que no haya sido pensado antes puede devenir real. Si este mundo no nos cabe en la cabeza ¿Cómo vamos a ser capaces de concebir otro? Nos entregamos a las partes obviando que el Todo solo se transforma desde el Todo. Que la única posibilidad de que “otro mundo sea posible” es que alguien pueda pensarlo primero, entero. Que a alguien sí le “quepa en la cabeza”.

“La Esperanza ve lo que todavía no está y será”. Hace tiempo que se alcanzó la conclusión de que el fuego surgió simultáneamente en miles de lugares, en un espacio de tiempo relativamente corto. Como si nuestra especie ya estuviera preparada para disponer de él. La Esperanza es lo último que se pierde porque tan solo ella permaneció en la Caja de Pandora. Por eso siempre la hemos conservado.

No nos cabe el mundo en la cabeza, pero es posible que en estos momentos, por la misma mezcolanza infinita que nos hace aparecer como incomprensibles, con la misma simultaneidad que el surgimiento del fuego, se estén concertando encuentros y creando hogares. A la vez y de una vez. Encuentros donde la diferencia: de edad, cultura, creencias, origen. Hará que los nacidos en esas nuevas familias sean el vivo testimonio de lo que nunca antes pudo ser.

Quizás sean ellos los llamados, por miles y cientos de miles, a que un nuevo mundo sí quepa en sus cabezas. Serán los soñadores qué pensarán y construirán desde el Todo.

Que nuestra realidad haya sido necesaria para llegar hasta ellos, dará sentido a lo que ahora vivimos. Mientras tanto, seguiremos trabajando en la divisa que hemos elegido, nos esforzaremos tanto como siempre hemos hecho. Mientras tanto también, si escuchamos que una voz infantil nos formula lo que nos parece una pregunta extraña. Hagamos que nuestra respuesta no cierre su mente ni su mirada, al contrario, que abra las dos de par en par. Es posible, solo posible, que estemos hablando con alguien que se está entrenando para que el mundo sí le quepa en la cabeza.

Marià Moreno