Mezcla

Durante mucho tiempo, la mezcla ha resultado ser fundamental para cualquier idea de progreso. Con la mezcla va el intercambio y con él, el conocimiento, pero tenemos más evidencias, como lo es la necesidad de renovarnos genéticamente, o la reconocida observación de que EEUU labró su empuje, a lomos de un océano de inmigrantes de muy diversas procedencias.

Sin embargo, soplan decididos vientos promoviendo, a todos los niveles, que esa mezcla sea, cuando menos, contenida. En su versión más radical defiende prácticamente “una parada en seco” de los flujos migratorios, en lo que hace a las personas. Mostrando una decidida vocación por un aislacionismo económico, que si no alcanza el nivel de autarquía, es debido a su imposibilidad real, pero que no deja de ser una idea que reconoce casi sin disimulo.

El mundo se ha “mezclado” mucho más que en cualquier otro momento histórico. Lo han hecho personas y bienes. Estos últimos, en ocasiones, lo hacen de manera literal, al dividir su manufactura entre varios territorios. ¿Ha alcanzado el nivel de esa mezcla un estado insoportable? ¿Es ahora necesario reducirla, frenarla e incluso deshacerla?

La negación radical de la mezcla, responde a una idea de que solo el grupo “pequeño” (el grande es la Humanidad) al que se pertenece, es el inicio y el fin de cualquier propósito. Un “nosotros” escrito con letras gigantescas, donde los otros no existen o, peor aún, son simplemente un enemigo, presente o latente. El miedo y la inseguridad son tan patrimonio del ser humano como cualquier virtud que se quiera enumerar. Existen. Son. Negar la mezcla explota a fondo y con certera precisión esa realidad.

Una perspectiva humanista responde a esas preguntas con nuevas interrogantes: Los seres humanos y los pueblos en los que han nacido ¿Se conocen, se entienden, se respetan? ¿Saben que la Humanidad es su real casa común, que es mucho más que una mera agregación estadística? Sus condiciones sociales, sus derechos, su realidad económica ¿Son similares? ¿Se parecen al menos?.

Las cuatro obvias negativas, no son por ello menos dolorosas. Quizás, entonces, sea necesario que seres y pueblos se sigan enlazando, al menos hasta que cualquier horizonte sea bueno y las estrellas iluminen a un planeta que, por mezclado, fue capaz de encontrar el equilibrio entre todos sus moradores.

Marià Moreno

15. MasAllaDelLunes – Mezcla – 20.03.21

Una sonrisa en la calle ¿Con mascarilla? – Crónicas del Coronavirus (9)

Tanto tiempo ya, y todavía no he acabado de solucionar la relación entre mis gafas y la mascarilla. El resultado es que, a menudo, en la calle se entelan sin remedio. Así ha sucedido una vez más esta mañana, mientras iba a comprar el periódico. Viéndome más o menos solo he optado por la solución más cómoda: me he bajado la mascarilla a fin de airear los cristales. Pero al poco, una mujer se ha cruzado conmigo. Una mujer de unos 40 años y de aspecto normal, que parece que sea una manera de describir algo, cuando en realidad normal no acaba de haber nada. La cuestión es que esa mujer me ha sonreído al pasar a mi lado. Justo un instante.

En seguida he caído en que ella no llevaba mascarilla ¿Habrá sido una sonrisa solidaria? Es cierto que la mía adornaba mi barbilla más que hacer otra cosa. Mi primera reacción ha sido: ¡Subirme la mascarilla!.

Sin duda, ante esta escena, nuestro demonios familiares están invitados a hacer acto de presencia. Para muchas personas esta escena es absolutamente improcedente, casi execrable. Empezando por qué bien podía haber buscado otra manera de desentelar mis lentes. ¿Cómo se puede atrever esa mujer a ir sin mascarilla? ¡Y todavía menos a solidarizarse con otro presunto infractor! Sin embargo, para algunas personas es más parecido a una bonita escena. Una liberación ante la asfixia de unas normas que, para ellas, tienden a generarla.

En mis conversaciones sobre COVID-19 y normas, se da un factor común: las personas no entienden qué ha sucedido, cómo resulta posible que vivamos poco menos que en una película de ciencia – ficción. Esto es, sí comprenden que hay un virus, que se transmite, que causa una enorme y más que terrible cantidad de muertes. Pero se les escapa todo lo que se ha montado alrededor de eso. La clara mayoría optan por la practicidad, quizás no entiendan lo que sucede pero consideran que esas normas pueden acabar con el problema, las cumplen. Una minoría afirma que no entender lo que sucede, les lleva a desafiar esas mismas normas (cuando pueden).

El juez que todos llevamos dentro pugna por aplaudir a unas y castigar a otras. Para este cronista no se trata de eso. Sí quiere dejar anotado, el enorme riesgo que se corre cuando las personas no entienden la realidad que se ven obligados a vivir, sobre todo cuando tienen un marcado, por necesario, sesgo coercitivo.

Algunas voces advierten, quizás tras la desescalada, del peligro de un estallido social. La ignorancia siempre ha sido una yesca inmejorable para que se produzca.

Marià Moreno

14. MasAllaDelLunes – Cr. Cor. _9_ – Una sonrisa en la calle… – 07.03.21

 

En la calle – Crónicas del Coronavirus (8)

Esta tarde he ido al súper, es lo que se tiene que hacer cuando uno vive solo, y cuando lo hace acompañado, también. Tengo mis rituales. Justo enfrente de la puerta del súper, al otro lado de la amplia acera, hay un banco. Si hay suerte y no está ocupado, me siento en él y me fumo un purito. Se trata de una de esas recompensas absurdas que los fumadores tenemos.

Instalado, he desviado mi mirada hacia la izquierda por unos instantes, y al hacerlo, de manera natural, después hacia la derecha, me ha sorprendido la aparición, para mí súbita, de un coche aparcado encima de la acera. Apenas a un metro y medio mío. Eso siempre preludia una corta estancia.

En seguida, del coche salen dos mujeres y un niño. Él es tan pequeño que se tiene de pié y poco más, va más en brazos que otra cosa. Es posible entender que la mujer más mayor (aunque de moderno porte) es la madre de la más joven que a su vez es la madre del infante. Tres generaciones a la vista, algo que siempre es grato de contemplar. Se paran ante el portal de al lado del súper. No tarda nada en aparecer una pareja, de edad, de toda edad ¡Bueno! Ya no son  tres generaciones sino cuatro las que están ante mí. Algo todavía mucho más difícil de ver. El purito se consume pero yo me quedo.

No hay besos, no hay abrazos, apenas un extraño movimiento en torno al codo. No lo habitual, sino algo que quiere ser otra cosa. Queda claro, el encuentro es allí, en la calle. Por alguna razón no pueden subir al piso. Allí están todos, unos frente a otros, parados, sin tocarse. Lo dicen en voz suficientemente alta para que pueda oírlo: parece ser que el pequeñín no reconoce a los abuelos (a los bisabuelos). Intentan bromear sobre eso. Después, la madre, de unos 30 años, se pone a picar de palmas, abuela y bisabuelos le siguen, el niño también. La madre danza alrededor de su hijo que por fin mueve su exiguo esqueleto. Esta es la fiesta que podían tener, y es la que han tenido.

La breve reunión se va a disolver, pero antes el niño se siente atraído por la cercana entrada del súper, hacia allá va con su madre pegado a él. Es el momento que la abuela aprovecha para besar y acariciar, sin recato, a los bisabuelos, es el momento en que una hija besa y acaricia a sus padres. Después de tanta contención, me he emocionado.

¿Seré arrojado a la hoguera por celebrar el triunfo de la humanidad? Porqué esos besos y caricias, tan prohibidos, tan desaconsejados, suponen eso, el triunfo de nuestra humanidad, de la que llevamos cosida a nuestras entrañas. La misma que ahora tenemos que defender, y no precisamente ante un virus.

Si me queman, espero serlo solo en efigie, resulta mucho más llevadero. Pero sea por siempre bendita esa hija que ha besado a sus padres, en la calle, de pié, casi furtivamente, como ha podido.

13. MasAllaDelLunes – Cr. Cor. 8 – En la calle – 26.10.20

Objetivos de Desarrollo Sostenible y Territorios Rurales Inteligentes

10 Julio 2020 | Autor: Marià Moreno. Asociación Española contra la Despoblación

Cuando oímos hablar de “Objetivos de Desarrollo Sostenible” (ODS) impulsados por la ONU, solemos pensar que están dirigidos hacia lugares del Planeta que se encuentran atrasados en su desarrollo.

Por tanto, pensamos que no están hablando de nosotros. Nosotros sí hemos conseguido un desarrollo sostenible. A riesgo de ser tachado de oportunista, sería como esto de las epidemias, que pasaban en otros lugares, lejanos y casi siempre más pobres.

Sin embargo, la apelación a la necesidad de un “Desarrollo Sostenible”, está mucho más cerca de nosotros de lo que pensamos. Lo está al alcance de un trayecto en coche no demasiado largo, y siempre que recorramos el territorio no solo con ojos turísticos, a la caza de lo pintoresco, sino con los ojos que hay que tener para ver cómo vive realmente la gente, esto es, para ver como a menudo simplemente sobrevive.

El objetivo nº 9 de los ODS tiene un largo enunciado: “Construir infraestructuras resilientes, promover la industrialización inclusiva y sostenible y fomentar la innovación”. Cuando nos adentramos en él a través de la propia ONU, vemos unos titulares que nos hablan de saneamiento básico, agua potable, infraestructuras para aumentar la productividad, acceso estable a la electricidad, productos agrícolas procesados, energía renovable y acceso a Internet.

Nos proponemos, brevemente, conectar este objetivo con lo que venimos denominando como “Territorios Rurales Inteligentes”, aunque ruego me sea permitida la pequeña digresión de considerar que el apelativo “inteligente” quizás sea redundante, esos territorios o son inteligentes o simplemente no serán.

Poco a poco, casi con el mismo ritmo que tiene la desesperanza, que nunca llega de súbito, sino que es el fruto del goteo de las experiencias que nos llevan a ella. Con esa lentitud que hace que casi las cosas no se perciban. En este mundo nuestro, en apariencia tan desarrollado de forma sostenible, nos hemos especializado en hacer justamente lo contrario, que resulten insostenibles innumerables territorios y rincones que ya no pueden sustentar el hacer humano. La explicación central es que se trata del tributo que hay que pagar al progreso. Un tributo que dice que la vida solo será posible en la ciudad, en la urbe, e incluso solo en la “gran urbe”.

Hay una cuestión elemental respecto a la sostenibilidad de un territorio. Lo es porque un grupo humano que conforma una comunidad decide que quiere habitarlo de manera indefinida. Es una expresión de voluntad que de acuerdo con nuestras leyes, también es un derecho. Deberá ser inteligente, por supuesto, deberá ser capaz de producir lo que algún mercado le quiera comprar, naturalmente. La nuestra es una Economía de Mercado. ¿Pero también le corresponde a esa comunidad dotarse de las infraestructuras que le permita ser productiva? ¿También le corresponde a ella dotarse de unas condiciones dignas de vida (sanidad, educación)? En suma, ¿Le corresponde a los miembros de esa comunidad hacer lo que nuestro mismo estado, sin despeinarse, hace por cualquier habitante de una ciudad?.

Por supuesto que tenemos por delante que, al menos, un ODS, el nº 9, nos alcance, quedan muchas infraestructuras por construir y también contribuir a la dignificación de muchas vidas, antes de que podamos alardear de que ese objetivo no va con nosotros.

Quiero citar a Cristóbal Colón, constructor de La Fageda, empresa premiada como pocas en todos los niveles, también nacional, para traer aquí sus palabras:

“Tratar a todas las personas igual significa tratar a cada una de forma diferente”.

Combatir la despoblación, lograr que unos territorios sean inteligentes, no puede ser abandonado a la lógica del número que parece que lo justifica todo. Cuando todo depende de un dígito, primero se van las cosas y los servicios, y después las personas, tras su marcha solo quedarán encubiertos desiertos salpicando nuestra geografía.

Podemos evitar todo eso, tratando a lo diferente como lo que es: diferente. También porqué la existencia de esas comunidades “diferentes” nos aportan al menos dos cosas fundamentales: Que la vida habite en toda nuestra tierra, y que el sacro derecho a poblarla no dependa ni de los baches de una carretera ni de una conexión a Internet que siempre falla.

Esto no es una novela – Crónicas del Coronavirus (7)

No es extraño que una novela se inicie con un primer párrafo, cuyo objetivo es “ponernos en situación”: “Un virus se extendió por todo el planeta, contagió a millones de personas y mató sin remedio a centenares de miles. La economía se paralizó de una forma impensable, pero lo que cambió nuestra manera de vivir, fue que la fórmula para combatir la plaga se basó primero en el confinamiento en casa y después en lo que se llamó distanciamiento social. En nombre de la alerta sanitaria se refinaron las formas de seguimiento y control de la población, también en su nombre las libertades individuales se convirtieron en algo que tan pronto estaban como podían no estar”.

Sabemos que esto no es una novela. Es lo que, con matices en los diferentes territorios, estamos viviendo. Sin embargo, no hace falta este apunte de realidad. Esto nunca podría ser una novela, a riesgo de caer en graves defectos en la estructura de la historia que se pretende narrar.

En nuestro párrafo, observamos que se omite el origen. En una novela no podría ser así. Una novela respeta la ley de causa y efecto, si no lo hace, su lector irá de desconcierto en desconcierto. Si por ejemplo, en un relato, el efecto fuera un encadenado imparable de desastres naturales, podría mencionarse que la avaricia y la codicia de los más ricos habían llevado el planeta al colapso. El efecto es el desastre y la causa, la avaricia y la codicia. Todo está claro y el lector puede entender que está leyendo.

Asimismo, lo habitual en una introducción así, es que se trate de una narración que alguien hace de los hechos. Ese personaje pertenecerá a lo que comúnmente se denomina “la resistencia”. Sin tensión no hay novela. La resistencia la forman los que entenderemos por “los buenos”. Su existencia se justifica porque es evidente que están pasando cosas graves, ante las que hay que “resistirse”.

La estructura queda definida y completa. Los “malos” han causado el problema y siguen gobernando, y los “buenos” se resisten, aspirando, además, a generar un nuevo y mucho mejor orden mundial. En la novela los “malos” podrían no gobernar a “las claras”, sino más bien desde la sombra.

Se dice, con razón, que la realidad siempre supera a la ficción, pero resulta un tanto sorprendente, que en este caso contenga un incumplimiento elemental de una ley universal. El efecto lo vivimos, lo conocemos sobradamente, pero no hay causa. No la hay mientras se alegue no conocerla. Pero es imposible que no la haya. Ni el mismísimo COVID-19 se puede saltar el funcionamiento del Universo.

La ausencia de resistencia se deriva de manera lógica de esa misma falta de causa. Mientras no se conozca, parece muy difícil señalar a alguien contra quien resistirse. Por el momento, y eso es lo más juicioso, todos tratamos de combatir la enfermedad cumpliendo los mandatos sanitarios.

Quizás un día el COVID-19 sea novelado desde la perspectiva que hemos apuntado, pero para entonces, la narración exige que se solucione la cuestión del origen. Algo que quizás también piden millones de personas atrapadas en un gigantesco efecto, sobre cuya causa no se ha dicho nada que pueda recibir el calificativo de ser expuesto “a ciencia cierta”.

Marià Moreno

12. MasAllaDelLunes – Cr. Cor. (7) – Esto no es una novela – 14.06.20